Un niño, sentado en una roca en el canal de riego de la Acequia Condal de Vallbona, en Barcelona, les dice a sus amigas que cuando metes el oído en una caracola puede que se escuche el mar, pero nunca se escucha el río. Y en ese río, cuyo sonido solo perciben los habitantes del barrio, sitúa su película de no ficción, Historias del Buen Valle, Jose Luís Guerín. Un ejercicio de verdad y bondad sobre la periferia de la capital catalana que Guerín expone sin dobleces, con la objetividad de un equipo que escucha y enfoca la realidad de un espacio que condensa el mundo entero. Nacionalidades varias, segundas generaciones adaptadas a sus nuevos dominios y conflictos vecinales contados con gran sensibilidad en una obra mayor. Bien podría ser la Concha de Oro si se apostara por nuevos formatos y Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, no se sintiera tan unánime.

‘Historias del buen valle’, de José Luis Guerín.
En este segundo fragmento del festival, la realidad o, mejor dicho, los hechos reales, han sido una constante en la gran mayoría de propuestas. Películas que cada realizador ha interpretado con sus correcciones y propósitos glosados en la pantalla con intenciones claramente diversas. A la autenticidad documentada de Guerín, se le añadía, en contraposición, la ficción inspirada de Un fantasma en la batalla, de Agustín Días Yanes. Demasiado cerca en el tiempo y en sus escenarios de La infiltrada, el relato se ve bien y se olvida igual de bien. Una nueva aproximación al conflicto vasco que no ahonda ni aporta nada. Algo que sí consigue Dolores Fonzi con Belén y su directo y académico ataque a un gobierno argentino y a su posición ante el aborto. Una mujer que no sabía que estaba embarazada ingresa en el hospital con dolor abdominal y se despierta esposada y rodeada de policías al pensar que se ha provocado un aborto. La defensa y acoso de la protagonista, basada en un hecho real de hace (solo) una década, se sigue con atención por el buen oficio de la directora y por la noticia que alude. Noticia urgente y necesaria como La voz de Hind Rajab y el suceso desgraciadamente real y actual de una niña necesitada de rescate en Gaza mientras el ejército israelí dispara sobre el coche en el que se resguarda. Puede que, a esta película premiada en Venecia, se le vean ciertos inconvenientes éticos al utilizar los audios reales de la pequeña con los que hablaba con la Media Luna Roja Palestina, y su acercamiento formal, más parecido a un True Crime que a una película, no sea tan preciso. Sin embargo, es tan urgente su mensaje que no queda otra que salir devastado de la proyección e indignado ante tanto pasotismo gubernamental.
James Vanderbilt sigue con este monográfico de hechos históricos con Nuremberg. Nuevo acercamiento a los procesos judiciales contra los colaboradores de Hitler y altos cargos del Tercer Reich. Puro Hollywood y una historia eficaz, con excesivos monólogos innecesarios y algo alargada, pero con un mensaje inapelable como es el de puntualizar que el fascismo, el ego y la necesidad de poder siguen estando demasiado actuales y en cualquier país.
También a destacar, y mucho, la película china Her heart beats in its cage, del director Qin Xiaoyu. Un relato breve, sencillo y hondo de una mujer que, tras salir de la cárcel, quiere recuperar el respeto y cariño de un hijo que prácticamente no conoce. Tan real y sincera que la actriz protagonista es la verdadera mujer a la que le ocurrió el trance. Muy destacable por las pocas pretensiones, la novedad y la pureza de todo lo que desprende.
El gran Jafar Panahi contaba su propia sustancia en una obra que, aunque inventada, se extrae de diálogos que mantuvo con compañeros mientras estuvo en la cárcel. Un hombre escucha la voz del que cree que fue su torturador en prisión y decide secuestrarlo. Pero antes de aplicarle su propia justicia, va al encuentro de diversas personas que puedan autentificar si es él quién le provocó martirio semejante. Panahi, como el Berlanga de El verdugo o el Monicelli de Un burgués pequeño, pequeño, utiliza la comedia para dar megáfono (ganó la Palma de Oro en Cannes) a una realidad atroz e inhumana como es la situación teocrática iraní. Sonrisa helada y película extrañamente divertida. Se llama Un simple accidente.

‘Her heart beats in its cage’ de Qin Xiaoyu.
Tocando el tema de los problemas mentales y necesidades vitales, apareció en la sección oficial una sorpresa de nombre Las corrientes. Economía narrativa y dejar al espectador que reconstruya lo sucedido es el acierto del filme dirigido por Milagros Mumenthaler; además de su gran acabado y de una música sugestiva. Tanto a la película como a la protagonista de Las corrientes no hay que comprenderlas, sino acompañarlas.
Pura ficción. Divertida ficción. Hlynur Pálmason, director de la impresionante Godland, añadió a una exposición en Tabakalera una obra complementaria: The love that remains. Un año en la vida de una familia islandesa cuyos padres están separándose. El tiempo como culpable de degradaciones, tanto en el arte como en el amor. Divertidísima, absurda y de bellos encuadres, se la tome en serio o no Pálmason, o sea una excusa surgida de su labor artística, el ofrecimiento valió la pena. Como divirtió también el Lanthimos juguetón de Bugonia y la historia de unos conspiranoicos que secuestran a la presidenta de una enorme compañía porque piensan que es una extraterrestre que va a destruir el planeta. Se puede intuir todo lo que se viene en el metraje, pero si se quitan los complejos y se va a gozar, potente es la cosa. Más potente que Ballad os a Small Player, de Edward Berger, que sus excesos de interpretación, música, ludopatía, alcohol y demás mandangas hacen que se disfrute como una noche de fiesta, pero que deje una resaca que no se quiere repetir.

‘Olmo’ de Fernando Eimbcke.
Y como cierre de la crónica, como añadido y como luz ante tanta aspereza, llegó Fernando Eimbcke y Olmo. Otro milagrito del director mexicano que habla de adolescencia y entorno. Un niño debe cuidar de su padre enfermo, cuando lo que más le apetece es ir con su mejora amigo al cumpleaños de Nina, la vecina de la que está enamorado. Un amor por los personajes, el de este director desde hace años, que puede hacer pensar que Sean Baker está copiando su estilo. Igual sí. Una hora y media de felicidad es lo que ofrece Olmo. Felicidad.








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