Recuerdo, aunque entre neblina y ansiedad pueril, ir a los ABC Park a finales de los ochenta a ver Regreso al Futuro II. Seis inmensas salas que aumentaban la sensación de aventura, de desazón ante las heridas del héroe y de alegría cuando el malo caía por el precipicio. No había tráileres en el móvil, ni reseñas instantáneas, ni haters excesivos, ni censores enrabietados y ni por asomo se me ocurría leer a analistas fílmicos. Se entraba en la sala casi a ciegas y, durante dos horas, el mundo exterior desaparecía.

Hoy, tanto tiempo después que hasta el futuro al que volaba Marty McFly ha quedado atrás, aquellos cines han cambiado de modelo: han duplicado sus salas y reducido sus butacas. Y, lo que es peor, el que escribe estas líneas también ha cambiado de modelo. El domingo, en sesión matiné, vi en los ABC Park, con la mirada adulta (con todo lo desaconsejable que eso conlleva) y la experiencia subjetiva (y poco apasionada) que aporta la cinefilia inmoderada, El día de la revelación. La experiencia me hizo recordar con demasiada nostalgia a aquel niño que tanto lo gozaba a oscuras y en contraluz.

Por aquel entonces no pensaba en por qué hay tantas carreteras que acaban en un terraplén y están sin señalizar, ni en que la solución de conflictos era, tantas veces, harto sencilla. Le daba una importancia igual a cero si los extraterrestres siempre elegían Estados Unidos para buscar aparcamiento o en si no había personas con los ojos marrones igual de válidas para hacer los papeles protagonistas. No me daba cuenta de si se habían saltado el eje (esto nunca le pasará a Spielberg) ni en si esa línea de guion contradecía lo argumentado unas secuencias antes. No me interesaba por el andamiaje. Lo que hacía era disfrutar de todo el artefacto y aceptaba sin problemas las convenciones del cine comercial.

Un cine de masas al que se adscribe, con excelsa calidad formal, Steven Spielberg en El día de la revelación. Un filme con un ritmo insolente y apuntalado en una lógica narrativa que hace que los 145 minutos pasen en un suspiro. El (casi) octogenario director sigue componiendo magistralmente las escenas más intensas. Algunas de ellas, como la del tren, recuerdan al mejor Indiana Jones. Otras, como la primera entrada de la protagonista en la cadena de televisión, se suman al excesivamente utilizado plano secuencia del cine contemporáneo, pero utilizándolo con mucha más precisión y menos gratuitamente. Y la coreografía de la cámara en las escenas de diálogos en el interior de los coches es también marca de la casa. ¿Os acordáis del paneo circular por el exterior de la furgoneta de La guerra de los mundos? Pues esta vez lo hace por dentro. Qué cabrón el de Ohio.

Puede que, por ser ese señor que se ha hecho mayor (yo), El día de la revelación sea una película que al final se me hizo cuesta abajo (algo bueno en el ciclismo, pero que en el cine significa que no acabó de convencerme ese último tercio tan evidente) o que el debate religión-ciencia-tecnología busque indemnizar a todo el target implicado y no entre en disyuntiva alguna (monjas con móviles y portátiles que creen en los alienígenas) o que… bueno, me da igual, ya paro…, es el director de Tiburón, E.T, Indiana Jones y de algunas de aquellas películas que vi cuando era niño.

Al final, esta crítica no lo es tal. Es solo una reflexión personal que no habla de la última película de Steven Spielberg, sino de no dejar ganar a la incredulidad, de ser más empáticos, de olvidar los razonamientos rebuscados dependiendo de lo que vayamos a ver, de ser felices, de crecer algo más despacio y, sobre todo, de que nadie nos llame gallinas.

Nota final: “¿Entonces qué hago? ¿Voy a verla?”, os preguntaréis. ¡Claro! A ver si va a caer un rayo de pronto, como en Alderaan, y nos vamos a ir todos a la mierda.

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