El cine de Christian Petzold podría definirse como un naturalismo ensoñado. Películas que no sabes si has visto o si, en realidad, las has imaginado. Fábulas que se evaporan con el tiempo, pero que, mientras persisten en la memoria, permiten que las historias y los personajes muten a tu antojo.

Espejos nº 3 es como las notas negras de un piano: accidentes musicales, matices complejos de la vida que no necesitan ser comprendidos, sino acompañados. Interrupciones mínimas que alteran la armonía y lo ponen todo patas arriba.

Porque, aunque no lo parezca, en la nueva película de Petzold no dejan de pasar cosas; hay un cambio radical en la existencia. Laura es una estudiante de música que sufre un accidente de coche en el que muere su novio y ella resulta ilesa. Una mujer solitaria, marcada por la pérdida, la acoge en su casa hasta que se recupere. La película enfrenta, así, distintas formas de transitar el duelo: la indiferencia y la derrota. Para Laura, la casa de la mujer es un refugio, una variación inesperada de la vida que no desea, una pausa vital. Para la mujer que la habita, en cambio, es un espacio que la aprisiona, donde nada funciona bien del todo, donde los grifos gotean y los lavavajillas explotan.

Puede que no sea fácil. Puede que no sea para todo el mundo. A mí, esta austeridad formal, esta contención emocional que, como las canciones de Nick Cave, nunca acaba de explotar, y ese control de los espacios me tiene asombrado. Más Petzold.

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