Shih-Ching Tsou —nombre que he escrito (casi) sin mirar—, habitual colaboradora de Sean Baker, se pone ahora detrás de la cámara del móvil para entregarnos un drama íntimo de esos alegres, frescos y rítmicos que, en los Globos de Oro, entraría en la abarcativa e intrusa categoría de comedia o musical. El director de Anora la acompaña en el guion y montaje, además de hacerlo en aquello que ella tanto le ayudó a él: la producción. Y aunque la escuela del de Nueva Jersey se reconoce en las texturas, las hechuras y el amor por los personajes, la personalidad de la taiwanesa desborda en contenido, observación cultural y luz.

La chica zurda es un relato de sonrisilla marcada, incluso en los momentos más trágicos. Película de naturalismo incómodo y crítica con una sociedad patriarcal, aún anclada en supersticiones antiguas. Relaciones familiares y tensiones generacionales se disponen en pantalla a través de múltiples interlocutores que demuestran constantemente su posición ética y vital. Las protagonistas son una madre soltera y sus dos hijas, que regresan a Taipéi, tras una temporada en la Taiwán vaciada, para salir adelante gracias a un pequeño puesto de fideos en el mercado nocturno. La pequeña I-Jing es el elemento vertebrador de la historia; noble y cariñosa para todos, pero zurda para su reaccionario abuelo.

El objetivo del iPhone 13, además de aportar una textura cercana, muestra con grano, realismo y sin zoom una ciudad que bulle, una familia disociada que desborda ternura y unos secundarios que no son mera comparsa, pues encarnan y tensan los conflictos. Vamos, que La chica zurda es agradable, sencilla, ligera (y compleja) y tan honesta que, cuando la cosa se culebronea, ya nos da igual todo porque hemos caído en sus garras. Quiero saber más de esas tres grandes mujeres. O mejor no: ya me lo imagino.

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