En el salón de un pequeño y disperso pueblo minero, situado en el desierto más árido del planeta, hay pianista, habitaciones, pistolas y drag queens. Y en ese salón vive Lidia, de once años, junto a su amorosa y tolerante familia queer. En un lugar obligado y olvidado por la intransigente sociedad que empuja al discordante hacía lo infecundo. Hacia lo invisible.

Y no. No estamos en el oeste de los Estados Unidos, sino en el norte de Chile. Y los duelos se libran con lágrimas, no con armas. Y no oímos cantar a Ricky Nelson, sino a Rocío Jurado. Y no estamos en las postrimerías del siglo XIX, sino del XX. En plena pandemia de esa enfermedad desconocida —llamémosla sida, llamémosla peste— que los habitantes del lugar creen que aparece cuando los familiares de Lidia los miran directamente a los ojos.

Con La misteriosa mirada del flamenco, Diego Céspedes se acerca mucho más a Alice Rohrwacher que a John Ford. Los hombres no se matan: se enamoran. Una ópera prima, de acento complejo, pero contundente; poética, mágica, subyugante y, ante todo, distinta, ideal para quienes buscan novedad en la cartelera y desafiar al sistema.

No es una película fácil y puede contener trazas de reiteración y perogrullo, como las grandes fábulas, como el realismo mágico, como este joven realizador que viene a sumarse a la saludable y diversa cinematografía chilena. Viva Diego, vivan las travestis y viva el amor.

 

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