El cine se está gentrificando. Las películas empiezan a comportarse como barrios gentrificados, quiero decir. Y no. No me refiero solo a que se vuelven comerciales, sino a que pierden particularidad para convertirse en espacios reconocibles, cómodos y consumibles.

Como en las plazas de las ciudades turísticas, el edificio, el clima y el idioma cambian, pero encontramos el mismo concept store, la misma tienda de souvenirs, la misma panadería de masa madre y el mismo bajo comercial convertido en un luggage locker o cómo se diga. La plaza parece conservar cierta identidad visual si miras hacia arriba y entrecierras los ojos, pero su función se ha estandarizado.

La película indie (palabra que también ha perdido significado) de la temporada es esa nueva cafetería de especialidad que abrieron donde estaba aquella tienda que vendía imaginería y productos religiosos. Y un ejemplo claro, en este Zinemaldia, han sido las comerciales y placenteras The Debut y Club Kid. Dos ejercicios de buen cine (eso es así), sin dejarnos un hueco al debate moral, a no ser que seas homófobo, cínico, no te guste el teatro, un poco capullo y fanático del Real Madrid.

«The Debut» de Jesse Eisenberg.

La dirigida por Jesse Eisenberg nos contaba, con un toque woodiallenesco hasta en sus créditos, el cambio que puede provocar el teatro en las anodinas, tristes o grises vidas de las personitas. Una especie de Ghostlight, pero más declamada e hiperbólica. Julianne Moore está soberbia y puede que la Concha de Plata la esté llamando. Recomendable para pasar un rato agradable. Al igual que esa perla, arrolladora, sinfónica, narcotizada, marica, primeriza y ágil película, dirigida por el actor Jordan Firstman, llamada Club Kid. No confundir, como el gilipollas que escribe esto, con Disco Boy. Se trata de una especie de Cachorro, de Albaladejo, pero más grandilocuente, con paternidad sorpresa —en lugar de ser tío con sobrino a su cargo— y con menos osos. Acierta en todo momento, tiene buena música y excelentes diálogos y es muy guay. El problema es que (casi) todo lo que espera el espectador se le da. Bueno, problemilla.

También cerca de estas bonitas cafeterías estaba la española El mal padre. En ella un mal padre (de ahí el título) reúne a sus hijos en la casa donde veraneaban de pequeños. Sí, lo sé, recuerda a casas que arden; y, a ratos, a invasiones bárbaras y a tantas otras películas de reuniones familiares con reproche. El resultado es una mirada, bien dialogada, bien intencionada y bien de todo, sobre algo que nos suena demasiado. No le veo posibilidades en el palmarés; aunque el papá revoltoso es el que todo lo gana: Eduard Fernández.

«Esta soledad», de Javier Giner.

En la sección nuevos directores, con gran expectativa de ver su primer largo y lo que se ponía en la alfombra roja —tras su debut en las series con la potente Yo, adicto— se pudo ver Esta soledad, de Javier Giner. El concepto era mucho más que interesante, pues veíamos las vidas de una pareja que ya no estaba junta, sin saber el porqué, en su dura cotidianeidad. Acompañábamos a Leo y a Lorea con padres enfermos, visitas a la cárcel, malos polvos, empleos precarios, insatisfacciones varias y tantas otras cosas que ese concepto principal quedó soterrado. Una lástima. Como ese otro ejercicio nacional llamado Sants, de Mikel Gurrea. El donostiarra estuvo bastante más acertado con Suro, ya que, esta vez, aunque se ve sin sobresaltos, la historia (con un arco dramático no muy comprensible) de una mujer, con madre enferma y que roba en iglesias no apetece volverla a ver. A mí, por lo menos.

Mira que me daba pereza la muy nórdica Growth of the Soil. No sé. Dos horas y media de película de época en los nórdicos bosques noruegos y a la hora del ángelus, habiendo sol y bares abiertos… pues, qué queréis que os diga, me daba pereza. Algo que fue bueno, porque entré en su historia clasicista de una pareja creando su propio entorno y viéndolo crecer. Película épica y de muy poco diálogo que es puro cine.

La que no me daba pereza (porque Marion Cotillard nunca da pereza) fue 7:40 ce matin-là, para el mercado local traducida como Milo (qué de qué. No nos vaya a tocar pensar). Alice llega a un pueblecito de provincias a trabajar en una cafetería de carretera para estar cerca de Milo. No se puede contar mucho más para no destripar. Un guion muy correcto, que hierve lento, pero que cuenta todo lo que tiene que contar. Un poquito de thriller (muy poco) y algo más de drama familiar y redención. Igual el libreto rasca premio. O no. Yo qué sé.

«Tender Loving Care», de Mike Leigh.

Antes de terminar con esta gentrificación (que prefiero muchísimo más en pantalla que en las calles), dos películas diferentes. De periferia. Por humanistas, por querer a sus personajes, por compasivas, por conmover desde la bondad y el realismo. Mike Leigh ha presentado la mejor película de la sección oficial con Tender Loving Care. Hay que saber querer y saber cuidar. Hay que saber envejecer. Hay que saber dónde está la verdadera amistad. Y todo esto, todas estas cosas, las cuenta el cineasta inglés con una sinceridad, una aparente sencillez y una calidez que abruma. Una película que hace pupa, y cuyo enorme plano final puede ser el último plano de una necesaria filmografía. Concha para Mike, por favor.

El delicado director y guionista mexicano Fernando Eimbcke, una vez más (y ya van… todas), ha sabido demostrar que no solo vende la desafección social. La bondad y los vínculos emocionales son, igualmente, capaces de sacar grandes descripciones. En Moscas, nos habla de gente solitaria, de enfermedad y de tristeza, pero también de futuro y de videojuegos antiguos. Qué bonitas son todas las películas de Fernando.

«Naza», de Yuval Abraham y Rachel Szor.

Cierro esta segunda, y última crónica, con Naza. No es cine confortable, ni gentrificado, ni nada parecido. Es urgente. Es necesario. Es visibilización del horror. Los amenazados directores de No Other Land siguen jugándosela y denunciando al Gobierno y a gran parte de la sociedad civil de Israel. Y esta vez en su propia casa. Naza es la palabra utilizada por el ejército de su país para denominar a las víctimas civiles como “daños colaterales”. A través de entrevistas realizadas a militares y personal del servicio de inteligencia israelí, por la noche y en los tejados de Tel Aviv (sensacionales y sugestivas imágenes), nos confiesan cómo lo que se está perpetrando es un genocidio. Sí. Se llega a verbalizar. Esa palabra y tantas otras. Un documental de obligado visionado. Aunque joda.

Ale pues.

 

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