No me gustan las secuencias postcréditos. Lo bueno de los festivales es que en las películas proyectadas no hay de esas mierdas*. Allí los créditos vuelven a ser lo que siempre fueron: el lugar donde uno demuestra que es un buen cinéfilo quedándose hasta el último nombre, aunque el texto esté en cirílico y te estés meando desde el segundo acto. Quizá yo no sea un buen cinéfilo. Quizá si me quedo hasta el final es solo para saber qué canción era esa que sonaba cuando el protagonista agonizaba.

Si entre película y película hay tan poco tiempo, lo mejor es aprovecharlo para pasar a limpio las notas mentales mientras te tomas un zurito. Evitar los corrillos que buscan confirmación a la salida de la sala. Y quitarle el modo avión al móvil. Y hacer cuentas. Y mirar la duración de la siguiente película. Y aprender a desconfiar de las veces que escuchas “huir”, “tremendo bodrio”, “un buceo absoluto en la nada” o “imprescindible”, “obra maestra” y, sobre todo, “la gran sorpresa del festival”.

Las películas necesitan reposar. Lo malo de los festivales es que no hay mucho tiempo para que eso suceda. Aun así, esto es lo que he visto:

La gran sorpresa del festival, por ahora, han sido los créditos de Ghost Song, de Fatih Akin. Una persona mira a cámara en un plano fijo y sostenido durante varios minutos mientras se suceden en ella varios estados de ánimo. Un control físico y emocional que no se ha encontrado en los 100 minutos anteriores de la película. El visceral cineasta turco-alemán se vuelve frío y calculador para poner en imágenes videocliperas una historia de amor y fantasmas que se debate entre la canción de amor con exceso de saxofones y el blanco y negro menos germano de la historia del cine germano.

«Bucking Fastard», de Werner Herzog.

Las dos películas proyectadas con motivo de los premios Donostia 2026 definen la forma de enfrentarse a los “hechos reales”. Werner Herzog (premio), con Bucking Fastard, se sirve de la historia de dos hermanas que hablaban, se movían y pensaban a la vez, que fueron famosas por acosar obsesiva y sexualmente a un camionero. En serio. Buscad el caso. Pues bien. Herzog, famoso también por sus documentales, ha optado por utilizar dicho germen y hacerlo explotar, sin importar veracidades, para llevarlo por lo fantástico, lo hipnótico, lo chocante, lo deformado, lo caótico y lo Herzog. Las protagonistas, interpretadas por las hermanas Kate y Rooney Mara, están contundentes, entusiastas y divertidas en sus papeles. Vivan los raros y viva el cine raro. Porque, en el lado contrario, se encuentra The Housewife, interpretada por Naomi Watts (el otro premio). Una cinta que cuenta la historia de una esposa y ama de casa perfecta, inmigrante austriaca, que en realidad era una criminal de guerra nazi que participó activamente del genocidio. La forma de tratar aquí esa realidad es tremendamente artificial, colocando imágenes y discursos de forma afectada, con una actriz maquillada de Helen Mirren que no convence y con un mensaje político discutible.

¿Conversaciones elevadas? Solo en la Fnac y en el cine de Pawel Pawlikowski. El responsable de Fatherland, la obra que, en Cannes, compartió el galardón de mejor dirección con esa ola que todo lo arrasa llamada los Javis, vuelve a realizar un prodigio narrativo, de gran composición visual y, además, en tan solo 80 minutos. Thomas Mann y su hija Erika vuelven a su Alemania natal, en plena guerra fría, para homenajear a papá Mann en ambos bandos: soviético y estadounidense. Un país desgarrado que está siendo cosido por hilos demasiado diferentes y una familia que también está hecha jirones. Sensacional, como siempre, el polaco.

«Minotauro» de Andrey Zvyagintsev.

Y sensacional, como siempre, uno de mis directores preferidos, que vuelve tras estar al borde de la muerte durante la pandemia. Andrey Zvyagintsev presentó Minotauro. Una versión libérrima de La mujer infiel, de Chabrol, que impregna de la situación rusa actual. Un hombre de negocios descubre que su mujer le engaña. Al mismo tiempo, debe elaborar una lista con 14 hombres de su empresa que serán llamados a filas. El crimen perfecto solo puede hacerlo quien está por encima de todo y quien tiene contactos. Recuerda vagamente a Match Point, pero con muchas capas y mucho más político. Rusia ha declarado a Zvyagintsev “agente extranjero”. Valiente, Andrey. No te mueras nunca.

‘5 minutos más’, de Javier Ruiz Caldera.

Tras tanta intensidad, Javier Ruiz Caldera presentaba a concurso 5 minutos más. Una mezcla de Turistas, de Wheatley, Increíble pero cierto, de Dupieux y El incidente, de Shyamalan. La premisa es contundente: el mundo se queda atrapado en cinco minutos que se repiten en bucle. Aunque el mundo que a nosotros nos interesa es el trío formado por un matrimonio en crisis que ha ido a pasar un fin de semana a una casa rural y el encargado de esa casa. Divertimento bien armado y escrito, con el mocarro de utilizar un plano secuencia cada cinco minutos y que hizo que todos lo pasáramos en grande tras tanta guerra, tanto fascismo y tanta solemnidad. ¿Se podrían arreglar las cosas teniendo la posibilidad de viajar atrás en el tiempo, aunque solo sean 5 minutos? Pues no.

En la sección donde todo entra, en Zabaltegi, pudimos ver Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma, de Jane Schoenbrun. Cine queer, woke, slasher, camp, body horror, coming-of-age, exploitation, trash y muchas golosinas de esas blanditas con forma de osito. La sinopsis: tras años de secuelas cutres y un fandom en declive, la franquicia slasher ‘Camp Miasma’ es puesta en manos de una joven y entusiasta directora para que la resucite. La opinión del menda: qué bien lo pasé, qué buena banda sonora y, por si fuera poco, con la secuencia de decapitaciones y desmembraciones más bonita de la historia del cine. Sí, el adjetivo es “bonita”.

La sueca Brace your heart, la alemana Krux y la japonesa In My Father’s Room fueron tres propuestas muy de festival que pasaron sin hacer mucho ruido y con no muchas posibilidades de comercializarse en cines. La primera era un ejercicio etnográfico y costumbrista sobre los samis, el único pueblo indígena reconocido de Europa, cuyas tradiciones están profundamente ligadas a la cría de renos y, por lo que cuenta la película, al patriarcado. Krux era un relato oscuro y somnoliento sobre un pequeño pueblo del noroeste de Alemania que, en las postrimerías de la II Guerra Mundial, debía, según el régimen nazi, no dejar nada vivo que el enemigo pudiera encontrar. Una comedieta ligera, vamos. Y la nipona propuesta era la paz: arte y libros como ventanas que se deben abrir y la ceremonia del té contra las desvirtuadas franquicias del matcha latte y esas mierdas. Una película que, eso, daba paz… y sueño. Las ocho y media de la mañana era, quizá, demasiado pronto para esas notas de piano tocadas con solo dos dedos.

‘Mis muertos tristes’, de Pablo Larraín.

Dejo para el final de esta crónica, de la primera parte del Zinemaldia, la primera serie que compite en Sección Oficial después de 74 años: Mis muertos tristes, de Pablo Larraín. Cuatro episodios acomodados, mediante simples cortes a negro, a una película de 187 minutos. Según el director, los vivos nos apropiamos de la voz de los muertos y en esta película-serie veremos también lo que opinan ellos y ellas. Los muertos y las muertas.

Larraín, basándose en una historia de Mariana Enríquez, nos habla de memoria, muerte y justicia. De traumas que deben arreglarse. De un país lleno de zombis. Apasionante, sobrenatural y muy de las hechuras del cineasta chileno, Mis muertos tristes es una buena obra. El problema es que los rasgos de las series están muy presentes y no sé si es buena idea lo de hacer un largometraje. El viernes se estrena en Netflix, la volveré a ver, pero esta vez como se pensó: como serie.

*Resulta que la introducción a esta crónica la escribí justo antes de ver Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma. Y sí. Resulta que la película tiene una secuencia postcréditos. En serio. No es coña. Me jode. Me parto. Me voy a pasar a limpio notas mentales mientras me tomo un zurito.

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