Pues me la he gozado. En serio. Quizá es que fui al cine como si fuera el tío “prevenío” de Buñol, sabiendo a qué me iba a enfrentar, o quizá es que intenté con todas mis fuerzas que me gustara. Lo que está claro es que, si sabes que no se va a entender nada del argumento, si eres consciente de que la narrativa es más compleja que conjugar el verbo erguir, lo que queda es mirar y admirar. ¿O todo el mundo entiende la Composición VII, de Kandinski, o El hijo del hombre, de Magritte, o Visión del más allá, de El Bosco? Pues no, pero mola ir a verlos y sacar tus propias conclusiones.
Su propio infierno, de Nicolas Winding Refn, es la continuación lógica de una filmografía que buscaba gustarse más que gustar, a la que se le ha sumado una experiencia cercanísima a la muerte, con una operación a corazón abierto y el puño cerrado. Y, claro, al señor Refn, después de verle las barbas a San Pedro, se la suda bastante lo que opinemos y quiere representar en imágenes aquello que le sale del nabo. Aunque, en palabras del mismo director: «La vida hay que vivirla ahora, porque al otro lado no hay nada» o «tuve que morir para recuperar las ganas de crear».
Una necesidad vital que ha cristalizado en una película que el cineasta ha adscrito a un subgénero que ha bautizado como “dadsplotation” (me flipa). Porque en la pantalla la paternidad está muy presente: un padre que busca a su hija mientras fuma cigarrillos y pelea a lo Bruce Lee (gestitos y todo), otro que humilla a su hija e, incluso, es capaz de casarse con su mejor amiga (con derecho a roce) y otro que es un monstruo que parte pechos (literal).
Así que no es solo poner a prueba al espectador, sino concebir un todo indefinido que provoque sensaciones y pereza. O quizá sea simplemente que la historia es una simple excusa para expresar algo más sensorial, abstracto y radical. Una especie de fashion film con salpicaduras de giallo, Blade runner y Flash Gordon, y con una música excesiva y melodramático-futurista del gran Pino Donaggio («Siamo qui noi soli, come ogni sera»).
Lo que está claro es que no es para todo el mundo y que, quien no la vea en pantalla grande, la va a soportar todavía menos. Pero yo me la he gozado, qué queréis que os diga.



