Hay fenómenos que trascienden. No (solo) por su calidad, sino por lo que provocan, lo que significan, lo que mueven y lo que venden. Un programa de famosos cocinando, un plátano pegado con precinto a la pared, El código Da Vinci, un local de hamburguesas influenciado, las paellas al microondas en las calles peatonales del centro, la cara sur del Everest, las boys bands noventeras, Rosalía, las bayas de goji o la palabra «sobrevalorado» son asuntos nada fútiles ante los que parece que solo vale apuntarse al evento y, claro está, posicionarse. Pero las cosas no son blancas o negras. Por cierto, mi nombre indio es “Escala de grises”.
La bola negra está siendo parte de la conversación —diría que por encima de Ceuta y de las acampadas por la vivienda— y todo un acontecimiento del que se habla en el trabajo, en la caja del supermercado y hasta en redes sociales que no existen. El valor artístico de la película es otra cuestión, y las trampas narrativas y formales pasan a un segundo plano; incluso el loable mensaje acaba diluyéndose ante un nuevo icono pop que arrasa con todo. Eso sí, no parece, para nada, que sea la nueva Ocho apellidos vascos o Torrente, sino mucho más y, por supuesto, mucho mejor.
Dicho esto, y esperando que gane veinticinco premios Oscar, la película de Los Javis me ha interesado… a ratos. Quizá tanto subrayado de trompeta, tanto spot de perfume y tanta repetición de secuencias en la playa me hayan sacado de su discurso en ciertos momentos alargados y ornamentales. Pero en su conjunto, como producto que busca masas y una feliz celebración de la sexualidad, creo que acierta.
Y no, no es otra película de la Guerra Civil. Parece que no hay malos esta vez. Ahí, los creadores totales de esta obra han jugado una gran baza que no termina de convencerme. Un cómodo posicionamiento donde hasta la Iglesia es buena, incluso sufre y pierde las piernas; los soldados de ambos bandos juegan a ser bonicos y los italianos que bombardean tienen redención. Cine satisfactorio con el que estar siempre de acuerdo, que no busca el conflicto descarado ni la afrenta total. De ahí que les haya gustado a personalidades tan dispares como Boyero, Juan Soto Ivars, Marc Giró, Borja Iglesias o Belén Esteban. La bola negra lo va a petar. Y mucho. Me alegro.
A positivar los dos números de Penélope Cruz, que ayude a los cines a salvar la temporada, la reivindicación del poeta y de las grandes historias de amor gay, al teniente coronel Albert Pla y a la extraordinaria Lola Dueñas. Viva el cine.



