Hay un momento en Devuélvemela que el hermano mayor se mensajea con alguien en el móvil. Cuenta lo que le está pareciendo su nueva casa de acogida y los dos extraños habitantes que les han recibido a él y a su hermana. Hasta ahí todo correcto, porque además el teléfono es necesario para cerrar la secuencia a la que nos referimos y, de paso, ponerle inconvenientes a tanta dulzura impostada. Ahora bien, ¿con quién se escribe?, ¿por qué sonríe?, ¿un personaje tan solitario y abatido qué hace, de repente, mutando a afectuoso partenaire?, ¿qué es del que recibe los mensajes de texto? y ¿por qué no vuelve a citarse o se le vuelve a escribir después de todas las tropelías que van a acontecer? Puede parecer un detalle sin importancia. Sin embargo, es con lo que me quedé tras su visionado. Bueno, con eso y con un par de escenas hechas para revolver estómagos que parecen sacadas de un brainstorming macabro: niño hambriento y cuchillo, niño hambriento y mesa.
Hay, en la nueva película de los hermanos Philippou, unas excesivas pretensiones de agotar a la audiencia con una propuesta que, en todo momento, sabemos a donde nos lleva y que necesita de golpes de efectos aislados para fijarse en la memoria. Puede ser, o quizá no, que hablar de la pérdida, el duelo, la negación de la muerte, el maltrato, los secuestros infantiles, el acoso, los ritos satánicos, la inestabilidad emocional y el drama en toda su contundencia sean demasiadas materias para un solo examen.

Aun así, los directores han reforzado el arco dramático y el desarrollo de sus personajes, en comparación con su primera película, y el aumento considerable de presupuesto ha mejorado la formalidad y, ante todo, un sonido que impacta en cada escena desaforada. En Háblame, con el duelo y la pérdida también como eje argumental, los momentos de salir a la superficie a coger aire, los clichés utilizados a su favor y la novedad de una fresca pareja de realizadores consiguieron que pasara un buen-mal rato en un género del que no soy gran fan (puede que ya no le sirva esta crónica a nadie).
En conclusión, repetir tan a menudo “la mejor película de terror del año” crea un over promise constante. Estamos ante una película correcta que, aunque de promesas excesivas, podemos positivar a una rotunda Sally Hawkins, a un niño silencioso que pide spin-off y una escena de baile ebrio con Timmy Trumpet de fondo.








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