Una batalla tras otra es, posiblemente, una de las películas más dinámicas de la historia del cine. Recuerdo el Uno, dos, tres, de Billy Wilder, y las primeras dos horas de Magnolia, del propio Paul Thomas Anderson, como paradigmas personales de la vivacidad fílmica y el entretenimiento con trasfondo. Pero, esta vez, el director de Licorice Pizza saca músculo y demuestra la fortaleza formal de un narrador único.
El argumento, con la revolución como ambiental contenido, adapta una novela sobre los movimientos antisistema y contraculturales de los 60, que alcanzan hasta la era Reagan, para trasladarlos a una época actual, con la inmigración ilegal en primer plano y, claro está, Donald Trump en el fuera de campo. Es quizá por eso que el personaje trasnochado de DiCaprio esté tan cerca de ‘El Nota’ de los Coen; de un hippie que no evoluciona y que sigue soportando las derrotas gracias al coloque constante. Sea como sea, la trama se sostiene sobre unas contrariedades sociales que no solo no han disminuido, sino que se agrandan hoy en día ante el auge de una extrema derecha creciente.

Aunque, en Una batalla tras otra, existen esos recados políticos y cierta esencia crítica con los problemas de la actualidad, es el entretenimiento puro lo que deja poso. Ciento sesenta y un minutos de visceralidad, taquicardia, héroes exuberantes, antagonistas excesivos, una persecución majestuosa (inmensa secuencia repleta de cambios de rasante), monjas que cultivan marihuana, pruebas de paternidad y un Benicio del Toro que llena la pantalla. Mucho talento, el de Paul Thomas Anderson, y una victoria tras otra.








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