Como ya hiciera con Sentimental, de nuevo Cesc Gay adapta una obra de teatro propia. Aunque esta vez, las prisas y cierta vocación de producto alimenticio asoman por los rincones de sus escuetos decorados.
Aquellas palabras de Matt Damon que criticaban el modelo de producción de Netflix —la plataforma exige una narrativa repetitiva para compensar el déficit de atención de quien alterna la televisión con el móvil— se aprecian en el texto y en unos personajes lineales, incapaces de evolucionar, que terminan la función igual que la empezaron.
Como los Parientes serpientes de Monicelli, tres hermanos deben decidir qué hacen con su padre nonagenario. Una reunión familiar que sirve de excusa para lanzarse afrentas pasadas y presentes. A positivar su escasa duración y unos actores que, aunque teatrales en exceso, mantienen el conjunto a flote.
Y lo de que la pareja que pone la casa —un actor en paro y una enfermera— vivan en un amplio y cuidado piso en el centro de Madrid, ya hablaremos otro día. El tema ya empieza a ser una fantasía recurrente en el cine español. Si hacemos ciencia ficción, hacemos ciencia ficción; pero si somos políticos, somos políticos.



