Al igual que se hacen diversos borradores de un guion, Amarga Navidad es el primer borrador de una película. Una obra cambiante que reniega y duda constantemente de sí misma y, al no encontrar su forma definitiva, ha decidido entregarse con tachones en rojo.

Una posición ante la ficción que Almodóvar convierte en maniobra brillante y en recurso narrativo sistémico. Desde el momento en el que sabemos que estamos dentro de una película que está dentro de una película que está dentro de otra película —sin saber exactamente dónde termina el bucle—, todo vale: los personajes sobrantes, las fiestas insolentes y burguesas para que los nuevos amiguetes del director se cuelen en la pantalla, los guiones escritos sobre la imagen sin economía narrativa alguna, la música que subraya en exceso cada lágrima, el melodrama mayúsculo, un bombero stripper, Chavela Vargas sin contención y unas Carmen Machi y Rossy de Palma que no necesitan más de dos minutos para demostrar su grandeza. Puro Almodóvar.

Si en Dolor y gloria el cineasta desnudaba su vida pasada, en Amarga Navidad nos entrega el proceso creativo de sus últimos años en tres actos declaratorios: uno que descoloca, un segundo que satura —con razón y también sin ella— y un tercero revelador que hace que todo funcione; un acto sensacional que nunca termina y que nunca lo hará.

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