Es extraño como ciertas películas, por esperadas, se convierten en blanco de críticas polarizadas. O un diez o un cero. Está claro que destrozar algo consigue un clickbait superior, pero no nos damos cuenta de que la apariencia de imparcialidad se ha convertido en una simple estrategia. El ser querido es un ejemplo de esta dinámica.
Si unos la han puesto bien en Cannes, otros juegan a todo lo contrario para generar más interacción y, de paso, aumentar seguidores. Si aparece Bardem y, para más inri, se trata el tema del Sáhara Occidental, pues no me digas más: meh, cosas de rojos subvencionados.
Todo eso y todo lo contrario. Llevamos unos años en los que aparecen un par de obras maestras por semana y eso tampoco es normal. No sé si el amiguismo, el forofismo, la confusión entre publicidad y contenido editorial o, simplemente, subirse al carro de la gente importante también tiene algo que ver.
Lo dicho: la subjetividad se está convirtiendo en una estrategia de posicionamiento y el cine no debe convertirse en fútbol. Ya imagino programas como El Chiringuito, pero con críticos insultándose. Ojo con esto.
Entremos en mi subjetividad. He visto toda la obra de Sorogoyen y El ser querido está en mi top tres. Es decir, no es mi preferida del director (o realizador, que diría Oliver Laxe). Una pista: es As bestas.
Su capacidad para mantener el ritmo, con independencia del género al que se asome, demuestra su talento. Y en esta película de más de dos horas, sustentada en diálogos y en una narrativa y unos conceptos insistentes, son su solvencia formal, su puesta en escena y sus textos los que ayudan a digerirla.
La primera secuencia es un diálogo de casi veinte minutos entre un padre y una hija que no se ven desde hace trece años. Primerísimos primeros planos y contraplanos que dejan ver los ojos vidriosos, los poros y las ansiedades de dos personajes que buscan cosas diferentes. El padre, un famoso director de cine que vive fuera de España desde hace tiempo, quiere que su hija, una actriz que trabaja de camarera, sea la protagonista de Desierto, su siguiente película. La hija quiere entender el porqué del abandono. Ella le contestará que sí a lo de salir en la película. Más que nada porque, si no, no hay película. Ni Desierto ni El ser querido.
A partir de ahí, entre chocantes y debatibles recursos de texturas, formatos y colores (más que nada porque te sacan un instante de la historia), entraremos en un relato sobre la necesidad de comprensión y de redención. Sorogoyen e Isabel Peña ponen sobre la pantalla secuencias constantes que plantean si es posible cambiar de forma de ser —y de ser querido— y si las conductas del pasado siguen latentes, tanto en el déspota director como en el padre ausente.
Algunas secuencias son algo melodramáticas; otras, poderosas y precisas. Y todas juntas conforman un conjunto más que interesante. No es una obra maestra. No es una mierda. Es una (muy) buena película.



