Al contrario que Sean Baker, Víctor García León trata muy mal a sus personajes. No los protege de la humillación. El cineasta estadounidense, sea cual sea el conflicto y la clase social desde la que lo filma, los retrata con una profunda dignidad y humanidad. García León, en cambio, hace de la vergüenza y la incomodidad el motor dramático y cómico de sus películas: no busca que sus personajes sean comprendidos, sino expuestos.
Puede parecer extraña mi comparación; sin embargo, es lo que pasaba por mi mente durante la proyección de Altas capacidades y me pareció interesante como arranque de esta dócil reseña. Ambas formas de abordar la composición fílmica son igualmente válidas: una más humanista, la otra, como la que tenemos entre manos, más inclinada al juicio. Es más, estamos ante un ejercicio de gran cine, agudo en su capacidad de observación y poblado, por desgracia, de unos especímenes humanos perfectamente reconocibles.
Un matrimonio de clase media tiene la oportunidad de matricular, a mitad de curso, a su desabrido y exhibicionista hijo en un colegio de élite. Un suceso que no está claro que puedan permitirse, pero que, en apariencia (todo es aparentar), podría mejorar no solo el futuro de su retoño, sino también el suyo propio. O eso creen.
El “hasta dónde estás dispuesto a llegar para…” funciona aquí como eje vertebrador de una sátira brillante, repleta de mala uva y afinadísima ya desde el tagline de su cartel: “Lo que sea por cambiar de clase”.



