La primera sorpresa del año se llama Pillion. Una sorpresa inesperada, escondida entre el ruido que producen los Torrentes y las resacas pre y post galas de premios. Amplificada, además, por la ambigüedad de sus avivados carteles, lo desconocido de su realizador y por atreverse —en una época en la que parece que todo está ya visto— a proponer una asombrosa aproximación al amor o al sexo o a la toxicidad en las relaciones o al BDSM o a los melocotones en almíbar a los que se les echa unas gotas de Carolina Reaper.

No hay descubrimiento de la identidad. Hay descubrimiento de un estilo de relación al que acogerse. No hay homofobia ni discrepancias extrañas ni conflictos manidos que desarrollen la narrativa. Y la oscuridad de los cuartos oscuros se cambia por la luminosidad de los espacios abiertos. Incluso el argumento funciona con cualquier sexualidad. Y, a pesar de todo esto, Harry Lighton sorprende con un relato poco complaciente que no busca dejar un posicionamiento ni una conclusión claras. Al contrario: lo que hace importante esta película es el difundir diversos puntos de vista y dejarte cavilando tras el visionado.

Pillion es ir de paquete en una motocicleta. Es saber qué tipo de persona te gusta, aunque para tu madre y para parte de la audiencia sea tóxica. Porque Colin se ha enamorado perdidamente de Ray. Y para estar con él, desordena su apacible vida, pasa por todos los aros y, por supuesto, cumple todas sus demandas. Se puede estar o no de acuerdo con el comportamiento de unos personajes que, hasta en las escenas de sexo, se definen como personas. Con la película yo estoy de acuerdo. Mucho.

 

Leave a Reply