Que los guionistas italianos, como decía Don Rafael, dejaron de tener gracia cuando se compraron el coche y dejaron de ir en autobús, es algo que se solucionó cuando volvieron a ir en autobús (por lo de la precariedad y tal) y se compraron un smartphone.

Desde la Silenciosa hasta la Alfa, las generaciones cambian de narrativa y de obsesiones. Y la actual, cada vez más, vive encerrada en su habitación, tirando de megas, kleenex y bebidas energéticas, en un mundo reducido a cuatro paredes y una infinita cantidad de información. Cuatro paredes que tienen parte de atrás, por supuesto.

Si hace años los jóvenes acampaban y se contaban historias de miedo alrededor de una hoguera, era lógico que El proyecto de la Bruja de Blair se convirtiera en el cambio de paradigma que el cine de género necesitaba. Hoy, las historias de miedo se llaman creepypasta: leyendas urbanas nacidas del copypaste y del wikiterror. Relatos que, igual que aquel clásico de finales de los 90, suelen hacerse con poco dinero, cámaras del Cash Converters y material encontrado.

De ese ecosistema digital surge Backrooms, de una casa que está encantada, pero de conocerse. Como en la habitación de su jovenzuelo creador, las localizaciones al aire libre ya no sirven. Los bosques se han convertido en un laberinto de moqueta hecha de arena de playa, fluorescentes moribundos y habitaciones que parecen renderizadas por una tarjeta gráfica borracha.

La casa encantada es en realidad una tienda de muebles con menos gracia que un documental sobre la reproducción del musgo, pero que, para compensar tanta sosez, tiene en su sótano una puerta a otra dimensión o a la laberíntica mente de su propietario o la parte de atrás de una empresa constructora de máquinas de resonancia. Que tampoco es importante, pues se trata de que cada cual se las componga y saque sus propias conclusiones. Tampoco hay que contar mucho más, pues la inmersión debe ser a ciegas y aprovechar que estamos ante una pantalla grande, sin botón de pause, de x1,5 ni notificaciones del Tinder. Para que luego digan que la peñita de ahora tiene TDAH, pues el veinteañero yutubero de su director ha hecho una película que exige atención sostenida y entrega.

Aunque Backrooms me ha resultado entretenida y muy soportable, a mí, generacional y corporativista que es una, me gusta más aquella película de la bruja. Pero qué voy a saber yo. De hecho, ni siquiera sé qué fue de sus directores.

 

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