Españoles, Franco ha vuelto. Si Memory parecía insinuar que Michel Franco había hecho las paces con la humanidad, Dreams se encarga de desmentirlo. El director mexicano vuelve a su territorio predilecto y se sirve de un romance tan apasionado como desigual para hablar de dominio, clase e inmigración.

Y no solo eso. Pues Franco vuelve a recurrir a Jessica Chastain, pero esta vez para volver a su mosqueo con el prójimo. Si en Memory encarnaba a un personaje herido y desconfiado que terminaba cediendo, en Dreams recorre el camino inverso. Cuando el romance entra en conflicto, afloran las dinámicas de poder y su personaje revela una faceta, digamos, revoltosa.

Una historia de amor (aunque, en realidad, es que se follan encima) nace entre la hija de un magnate americano y un bailarín de ballet mexicano. Esperando una nueva y mejor realidad, él cruza la frontera de manera ilegal para cumplir su sueño en el país donde todos los sueños se cumplen, hay un gobierno progresista y siempre hay un arcoíris al fondo, en el que destaca el naranja, y un tiroteo en el instituto.

Resulta interesante, y el director lo ha dejado claro en varias entrevistas, que el rechazo siempre opera en una misma dirección. El estadounidense no recibe bien al mexicano, al igual que el mexicano no recibe bien al centroamericano. Algo que se percibe en una secuencia de la película y que es, a su vez, el gran girito de la trama y algo a positivar.

Dreams se ve bien y ya. No sé si es la reiteración de crisis-polvete-reconciliación o unos diálogos que conducen a lo obvio, pero hay algo en ella que la hace poco memorable. No creo que pueda competir con Toy Story 5 o con el Jordania-Argelia del grupo J del Mundial de Fútbol.

 

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