Entre La octava mujer de Barba Azul, de Wilder, y Celebración, de Vinterberg, hay un panorama fílmico de sesenta años que se ha zarandeado entre texturas, movimientos, países, obsesiones y nuevas exigencias narrativas. Y en esas dos películas pensaba yo mientras veía El drama. El descubrimiento de un secreto, justo antes de una boda, es el detonante que hace que todo estalle y que la cámara nerviosa de Kristoffer Borgli nos muestre las personalidades ocultas de sus personajes.
Lo que comienza como una comedia romántica de aire woodyallenesco —con actores que se atropellan al hablar y convierten el diálogo en una coreografía ansiosa— se transforma, pocos minutos después, en el drama anunciado por el título: uno de los contrayentes revela que, cuando era adolescente, planeó un tiroteo en su escuela, aunque nunca llegó a ejecutarlo.
Al director noruego se le notan sus orígenes en la puesta en escena —e incluso en el tema que denuncia— mucho más que en la excéntrica Dream Scenario. El drama es un ejercicio de neurastenia audiovisual: planos que entran y salen de las secuencias como pensamientos intrusivos y un diseño de sonido que integra audios chocantes en localizaciones reconocibles. El resultado es una obra autoral que juega con la incomodidad del espectador y la sonrisa nerviosa. Interesante e intensa.
Post scriptum: resulta curioso que los otros secretos que revelan los personajes en el momento de las confesiones alcoholizadas sean sobre acosos de diversas intensidades y que el director apenas les dé bola. Quizá sea un recurso deliberado. Quizá no.



