La debutante Marta Matute firma la dirección, el guion, el germen, la experiencia y las consecuencias de Yo no moriré de amor. Otra película sobre la demencia, aunque alejada de la crueldad de Noé, el romanticismo de Haneke o el suspense de Zeller. Quizá (o sin “quizá”) hacía falta una mirada femenina y atravesada por la experiencia de quien vivió los cuidados sin ayuda profesional; la de una mujer que sufrió ese impacto en plena adolescencia. Una mirada digna que propone y dispone los elementos sin decorados emocionales, ni reiteración de contenido, ni secundarios que no aportan, ni épica impostada. Aunque duela. Porque duele. Por directa, realista y por su escenario tremendamente cercano y alejado de inclinaciones burguesas.
La que no quiere morir de amor es Claudia. Quiere mucho a su madre, pero necesita coger aire, descubrirse, abrirse, follar y gritarle al mundo que empieza su mayoría de edad con ganas de todo. Sin embargo, el todo se desmorona debido al duro golpe de una enfermedad degenerativa en su progenitora. Un padre que se ha rendido y ya solo está de paso en el mundo y una hermana mayor que vive a más de 600 kilómetros, son los pinches de su nuevo rol.
Y en esas estamos: en una película con mínimas rendijas de luz y humor, pero que ayudan a coger aire; con un reparto contundente en sus tan diversos papeles, con secuencias de las que duelen y emocionan (ay, la caricia de la madre en el baño) y con una nueva directora a la que seguir.



