David Robert Mitchell empezó, como tantos otros, haciendo su cinta indie de teenagers que necesitan respuestas. Pero, como había momentos en los que le apetecía cambiar el guion e introducir a algún villano que acabara a hachazos con tanta cháchara, escribió y dirigió una de las mejores películas de terror de este siglo. Sí. Se llama It Follows y, por cierto, se viene secuela. Después de su coming-of-age y su coming-of-te-destripo-viva, se lanzó al neo-noir psicodélico “no me pilles a la primera, que ni yo tengo claro el discurso” con la atmosférica Lo que esconde Silver Lake.

Antes de dar el salto al musical, al documental, al found footage, al grindhouse o a las series de amigos que comparten piso, Robert Mitchell nos ha dejado un blockbuster que es, desde ya, la película pasatiempo del verano. Porque tanta épica de tifosi, tanto “Santiago Segura presenta”, tanto cojamos al que lo peta en internet metiéndose con la gente y tanto hombre araña que no envejece ni aunque se le mueran sus tíos doce veces, necesitaba como alternativa una película palomitera desacomplejada, de estilo ochentero real, con niños que van en bicicleta por las calles de su urbanización y con dinosaurios que follan y sueltan mierdas del tamaño de una gasolinera pequeña.

El final de Oak Street no es nada más (y nada menos) que eso: cine familiar de aventuras, con toques de humor negro, ciencia ficción metida con calzador y una familia que se desmorona (en los ochenta los únicos divorciados vivían en las películas hollywoodienses).

Aunque yo quiero creer que, como hizo Spielberg con Los Fabelman, Almodóvar con Dolor y gloria, Truffaut con Los 400 golpes o Fellini con Amarcord, el director quiere contarnos su infancia, solo que en su niñez había viajes temporales, extrañas luces que entraban por las ventanas de su habitación y velocirraptores con plumas. Y ahora que pienso, creo que en la mía también.

Leave a Reply