“Tanta infraestructura para moverse. Y ningún lugar al que llegar”, dice uno de los personajes comparsa de La última ronda en Venecia. Quizá, por eso, los espacios más atrayentes están en los márgenes de las carreteras y en los pueblos de la llanura.
La película de Francesco Sossai es una tragicomedia existencialista, de carretera y trago largo, con reflejos considerables de Il sorpasso, de Dino Risi. Las secuencias nerviosas filmadas desde el parabrisas, un hombre que busca constantemente un cigarrillo, el viaje iniciático y sin destino claro de un tímido estudiante universitario, el tratamiento de la burguesía desclasada y de la familia crepuscular y el desencanto y la melancolía que esconden las risas y los bailes son prueba de ello. Sin embargo, para evitar el exceso de aproximación, el director y guionista ha decidido hacer de la arquitectura y, ante todo, del alcohol los motores del relato: la primera ordena un paisaje entre el progreso y el abandono, y el segundo se convierte en el combustible de unos individuos ante una realidad que no encuentra forma ni sosiego.
Es notable el empeño de Sossai por dirigir la mirada hacia la periferia de ese turismo desmedido. Aquí no hay góndolas ni gondoleros, sino esos lugares de paso que el imaginario turístico deja fuera de campo y que siguen habitando quienes permanecen al margen de ese escaparate. Por eso —señores que traducen los títulos — Venecia no aparece en el original. Le città di pianura (Las ciudades de la llanura) es mucho más descriptivo, mucho más preciso y mucho más bonito.
En La città di pianura (a partir de ahora), Carlobianchi y Doriano se dirigen al aeropuerto de Treviso para recoger a un amigo que no ven desde hace años. En el camino, obsesionados con tomar la última —de ahí el cambio de los señores que traducen títulos— se cruzan con el modélico Giulio y deciden reorientarlo con nocturnidad, alevosía, grappa y unas cuantas enseñanzas discutibles.
Y los espectadores podemos acompañar esta joyita, escondida entre odiseas y hombres araña, y dejarnos llevar por una sugestiva ronda de tragos, bares y carreteras secundarias que no llevan a ninguna parte. Una propuesta que se llevó ocho premios David di Donatello y dejó a Sorrentino y a Servillo sin nada por lo que brindar. Qué grazia.



