El cine como acto de colaboración. En una época de monólogos fílmicos, no viene nada mal que se nos ofrezcan crípticas propuestas que exijan agradecidos y activos esfuerzos al espectador. Ofrendas puras a las que, por supuesto, se les ven las costuras, las intenciones autorales y ciertos objetivos festivaleros, pero ¿y qué?

El sonido de la caída es una película que puede agotar, pero que no se agota en sí misma, que necesita al que mira y escucha para completarse. Una experiencia que no está cerrada y que, sin luz y en pantalla grande, es donde se sublima. Cuenta la historia de unos muros; de una enorme casa que, durante años, afecta a quien la vive. Es también una historia de mujeres que comparten pesares, dudas y violencia, pero no época.

En el segundo largometraje de Mascha Schilinski hay memoria y muerte que se fijan en las paredes. Sus protagonistas miran de vez en cuando a cámara, buscando complicidad y comprensión, porque ellas tampoco saben muy bien de qué va todo esto. Solo saben que no pueden salir de ahí, y que habitan el siglo de las guerras, la fotografía, el arte experimental, el expresionismo, la violencia del territorio, la liberación sexual, las nuevas enfermedades y las linternas de los teléfonos móviles.

Una película de poderoso sonido y de composición equilibrada y pausada, donde la luz del ambiente y de los personajes se funde y se confunde, como en El Ángelus de Millet. El fuera de foco se convierte en recurso, de intención narrativa, que nos ayuda a entender a los personajes o, por lo menos, a intentarlo. Porque, como dice una de las niñas: “sé a qué saben los pomos de las puertas, aunque nunca los he probado”.

 

Next Post

Leave a Reply