Él quiere escribir poesía, pero no puede. Ella puede escribir poesía, pero no quiere. Él fue alguien, aunque sus musas se enfriaron, y ella quiere que su inspiración le ayude a pintar uñas. Ella es una escritora del no. A él le ha superado la vida porque, como dijo Melodie St. Ann Celestine en Si la cosa funciona, nada dura para siempre: ni Shakespeare ni Miguel Ángel ni la gente griega. Ni, por supuesto, los buenos versos.
Simón Mesa Soto compone las cuatro partes de su soneto con maestría, inteligencia e indudable fluidez, y nos cuenta la historia de Óscar Restrepo, un dipsómano de cuerpo curvado y pelo sucio, incapaz de aceptar su derrota, que malvive de pedirle dinero a su madre y a su hija. Pero encuentra a la joven y talentosa Yurlady y decide que, si él ya no vale, apadrinarla será su nueva prebenda vital.
Un poeta es una gran película, instalada en la pena, que busca la alegría. Tragicomedia en mayúsculas. Costumbrismo —despojado de lirismo— que ni subraya ni es complaciente; simplemente nos muestra qué difícil es vivir la frustración y qué sencillo es conformarse.
Él quiere vivir y reconquistar su efímero éxito del pasado. Ella quiere sobrevivir y fluir en su presente. A él, ni la profunda tristeza que siente le ayuda a escribir algo notable. Ella, simplemente, «preferiría no hacerlo».



