Dicen los cocineros que, si quieres que alguien se quede a cenar en tu casa, basta con sofreír un ajo. Hope es exactamente eso: un ajo empezando a calentarse en aceite. ¿Y eso es bueno o malo?, te preguntarás (o quizá te la traiga floja). Pues bastante bueno. Y más viniendo de alguien que no es precisamente un amante del género.
Atraído por el olor del cine espectáculo, sin más, aguanté bastante bien en sala ajena, aunque un pelín largo se me hizo el menú.
Aquí hemos venido a pasarlo bien. No me interesan las tramas secundarias, ni las historias de amor melifluas, ni saber si después de un par de entregas de la saga acabarán lanzando Hope: el origen. Estamos ante una monster movie surcoreana, la más cara de la historia de su cine, que no pretende más que entretener a toda costa. Por mucho que se quiera encontrar en su trasfondo una reflexión sobre el odio al diferente o una lectura del caos como reflejo del presente, la película se sostiene sobre un argumento-excusa, disfrazado de comedia negra y absurda, y una acción constante, desplegada con una enorme precisión formal. A diferencia de lo que sucede con la confusa Transformers, donde cuesta entender dónde está la cámara y, sobre todo, por qué está ahí, en Hope está siempre donde tiene que estar. El espectador no se pierde por muchos cortes y movimientos que se acumulen en sus alargadísimas secuencias. El espectáculo no está reñido con la claridad narrativa, señor Bay.
Aunque me quedo con las tres películas anteriores de Na Hong-jin, Hope es lo que es: placer culpable, evasivo y con el que no empatizas a no ser que tu hijo sea alienígena. Un pasatiempo de altura y de obligado visionado en sala de cine, con persecuciones, monstruos, peleas, tiros, un señor mayor que hace de vientre y una forense que merece una película para ella sola.



