Quién me iba a decir a mí que aquella película, que teloneaba nada más y nada menos que a Jia Zhangke y su A touch of Sin, iba a mostrarme a un cineasta tremendamente humanista y luminoso. Fernando Eimbcke se convirtió, desde entonces, en cita obligada y en espera ilusionada de nueva propuesta. Quizá fue porque aquella película, de nombre Club Sándwich, vista en ayunas y con legañas en los ojos, me hizo salir feliz de la sala a pesar de su tema y su cadencia. O quizá porque empezó con una estupenda versión del Where is My Mind?, de Pixies, interpretada de forma curiosa por un grupo llamado Los Shajatos. O quizá fue porque la vi en un palco del Victoria Eugenia junto a —créanme— David Byrne.
Todo este exordio, que quizá no les interese lo más mínimo, ha sido escrito para alargar este artículo, para expresar mi aprecio al cine mínimo, compasivo y bello de Eimbcke y para decirles que su última película está en cartelera. Y no es nada normal. Si pueden —están en MUBI, en un videoclub llamado Stromboli y en medios menos lícitos—, vean Temporada de patos, Lago Tahoe, Club Sándwich, Olmo y, a la que vamos, Moscas.
Un relato que habla de la infancia, del dolor y de la ausencia, pero también de la complicidad y de la esperanza. Olga, una mujer solitaria y de pasado duro, cuyas compañeras de piso son unas pocas moscas, se ve obligada, por necesidad económica, a alquilar una habitación. El elegido es un hombre cuya mujer está ingresada en el enorme hospital de al lado. Lo que no sabe Olga es que, a escondidas y sin su permiso, el nuevo inquilino ha metido también a su hijo. Cuando la casera lo descubre, empiezan a tambalearse los cimientos de esa existencia que creía tener bajo control. Entre ambos se establece una relación inesperada y genuina.
Y para cerrar esta reseña y, de paso, refrendar mi indolencia, voy a entrecomillarme a mí mismo y dejarles las palabras que escribí sobre Moscas en el pasado Zinemaldia: “El delicado director y guionista mexicano Fernando Eimbcke, una vez más (y ya van… todas), ha sabido demostrar que no solo vende la desafección social. La bondad y los vínculos emocionales son, igualmente, capaces de sacar grandes descripciones. En Moscas, nos habla de gente solitaria, de enfermedad y de tristeza, pero también de futuro y de videojuegos antiguos. Qué bonitas son todas las películas de Fernando”.



