En un momento como este —échenle un vistazo a la cartelera—, en el que las nuevas temporadas, las secuelas, los spin-off y los números detrás de los títulos campan a sus anchas y sin pedir permiso, como un colono israelí, de vez en cuando entra en escena un producto bisoño de los que generan masas poco críticas y aún menos debate, como ha sido el caso de La asistenta.
Un ejercicio publicitario y entretenido (eso es así) que mezcla las dos cosas que más gustan a los consumidores de redes sociales: el erotismo y la violencia. Y que, además, va a convertirse (seguro) en una larga saga. Ya veréis como se venderá la edición limitada en Blue-ray dentro de una cajita metálica con las tres primeras entregas y con regalo incluido de un calcetín, una llave de forja antigua y un limpiador multiusos en spray de Las 3 Brujas.
Asegurando el tiro desde la producción, pues se trata de la adaptación de una novela-droga superventas, de esas con giritos constantes en la trama y que crean adicción, aunque sepas que lo que estás haciendo no está bien, La asistenta ha venido para quedarse un tiempo. Pero, como no sé si veré las siguientes, si estaré vivo o si me apetecerá escribir sobre ellas, vayamos con la que inicia el cotarro.

Aunque tarda un poco en enseñar los dientes —la presentación de personajes exige un pequeño esfuerzo—, al llegar al detonante, plot twist, giro argumental, inicio del conflicto, elemento catalizador, inflexión, punto de ruptura o cómo queráis llamarlo, la película se lanza con el dinamismo que aporta el oficio de un director especializado en correctos productos mainstream, como Paul Feig, y dos actrices entregadas a la causa. Además de que, en ese instante del pastel desaparece el color rosa y entra con contundencia el rojo sangre.
Poco más puedo contar. A ver. Lo tópico: una asistenta, con pasado revoltoso, entra a trabajar en la mansión de una familia de tres miembros (un papá rico con six pack, una mamá ama de casa y una hija que hace ballet). La casa tiene una escalera de caracol y la amplitud suficiente para que, además de subrayar el poderío familiar, el director tenga suficiente tiro de cámara.
Lo novedoso: está por encima, en ritmo narrativo, de otros thrillers domésticos del estilo. Aparece un jardinero italiano, buenorro e innecesario de nombre Enzo. Sydney Sweeney y Amanda Seyfreid están estupendas. Y ningún personaje utiliza Ventolín.
Vamos, que La asistenta es una producción inocua que no empacha, remedio para rebajar los excesos navideños, que se ve bien y se olvida tan fácil como lo que cenaste el martes.








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