Lo sé, lo sé. El título te grita de lejos que huyas; que las películas que empiezan por “Navidad en…” son en realidad botes de melocotones en almíbar, de colores saturados, donde el rojo y el verde despuntan desde el cartel; situadas en localidades —da igual que sea Nueva York, Vermont o el pequeño pueblo de Snowflake Falls— donde todo el mundo se conoce y el amor nace comprando un café para llevar.
En esta ocasión, sin embargo, dado que el nombre original —The Baltimorons— es mucho más sugerente y conceptualmente potente, además de que este título tiene más trabajo que el guion entero de las descritas en el párrafo anterior, la película se engrandece al ni siquiera tratar sobre ricas y numerosas familias ni parejas perfectas de dientes increíblemente blancos. Navidad en Baltimore es un adelanto a los regalos navideños en forma de un preciso, honesto, lúcido y encantador retrato de dos personas normales.

Un pequeño accidente, con pieza dental arrancada, desemboca en una Nochebuena que empieza en el dentista y acaba convertida en un ¡Jo, qué noche!, con romance nada al uso y diálogos indies, que se ve con una sonrisa sostenida y una sensación de por qué no la elegí antes que la de los alienígenas ciegos que no saben nadar y atacan si escuchan sonidos, o esa tontería del cocinero francés en la que sale Santiago Segura.








No Comment