Aquellos que en los 80 nos entregábamos al cine con la insobornable complicidad de encontrar puro entretenimiento, entramos en los 90 con ingenuas y necesarias ganas de buscar nuevas maneras de mirar, de debatir y de molar. Ahí es donde las películas europeas y asiáticas y, a lo que vamos, el indie estadounidense, se convirtieron en un nuevo y fértil territorio. Y entre Hal Hartley, Kevin Smith, Jarmusch, Solondz y Linklater se coló, aunque solo por película y media, un joven Edward Burns. Se sumó al colectivo de revoltosos underground con Los hermanos McMullen.

‘Los hermanos McMullen’ (1995).
El contenido de este primer párrafo, resumido en la palabra ‘romanticismo’, fue la única razón por la que el sábado por la noche decidí averiguar qué había sido, treinta años después, de los miembros de La familia McMullen. El resultado fue una comedia autocomplaciente, automática y otros tantos adjetivos con el prefijo auto-, que olvida el germen del que parte. Se ve bien, por inocua, y no aporta nada al almacén de la memoria (por no escribir ‘olvidable’), pero de aquella cinta amateur, de color lavado, rodada los fines de semana, hecha por 25.000 dólares y con la familia poniendo el cátering y las localizaciones, no queda nada. Solo hay que ver las dos imágenes que ilustran este texto. Y ahora me voy a llorar y a ponerme el DVD de Clerks.








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