“Para no ser los esclavos martirizados del tiempo, embriagaos; ¡embriagaos sin cesar! De vino, de poesía o de virtud, como os plazca”.
Palabras de Baudelaire que bien podría haber escrito Lorenz Hart para que su dupla creativa, Richard Rodgers, le pusiera música. Sin embargo, ese refugio etílico los ha separado, porque Rodgers es de piano y pentagrama, y Hart de barra y Bourbon. Rodgers ha encontrado un nuevo partenaire y Hart nuevas excusas para martirizarse y buscar la belleza en lo cotidiano. Porque sí, Blue Moon trata de la belleza, sin sexo; de la poesía y de la expresión cultural que no es condescendiente, ya que, como dice el protagonista, el arte no puede ser inofensivo.
Richard Linklater ha compuesto una obra de una sola localización que, quién sabe, algún día puede acabar siendo teatro vocal, ácido y poco complaciente, fuera del circuito de Broadway, o, todo lo contrario, un musical armonioso, lleno de color, exclamaciones y escenografía pomposa, dirigido a un público predispuesto y despreocupado. En el caso de la película, la verborrea es máxima, pues es hilo conductor y detonante de conflictos. Un texto que sería más disfrutable si conociéramos más aquella época y a aquellos autores, pero que, aun así, y gracias a un guion pulido y elaborado, se convierte en otra delicada filigrana de Linklater.

Ethan Hawke está muy bien, eso es así. No obstante, como le ocurrió a José Ferrer haciendo de Toulouse-Lautrec, en el Moulin Rouge de John Huston, el interpretar a personajes muchos más bajitos te saca en ocasiones del diálogo para intentar apreciar el juego de perspectivas y los trucos de puesta en escena. Por lo demás, bastante guay.








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