En un futuro distópico, donde los coches son Buicks del 55, Chevrolets Camaro del 62, Pontiacs GTO del 64 y Mustangs del 68, la vestimenta está influenciada por la ropa de trabajo y el rock and roll, no se ve un solo móvil y tampoco se escucha ninguna palabra como ‘cringe’, ‘crush’ ‘hype’, ‘random’ o ‘Rosalía’, cien adolescentes participan en una competición llamada La larga marcha. Si caminan a menos de 5 kilómetros por hora o se detienen, morirán. Solo uno ganará y se llevará fama, fortuna y un deseo.
El ambiente, la escenografía, los paisajes y la peluquería podrían llevarnos a un pasado distópico, pero no. Es futuro, porque llevan un relojillo con un cuentakilómetros y porque lo dice la sinopsis oficial.

Parece ser que se pueden extraer innumerables mensajes del alma del relato, desde el darwinismo social hasta una crítica a la guerra, al autoritarismo o a la cultura del esfuerzo de Juan Roig, pasando por un fomento del running o un reproche a la crasitud; alegorías, todas ellas, factibles, por supuesto. Sin embargo, el que los jovenzuelos se apunten voluntariamente y que, durante la carrera, sean tan amigos, tan poco competitivos y trabajen en equipo, conduce la película hacia un libro de autoayuda vacuo, una condescendencia excesiva y a lugares con más de azúcar del que deberían.
Pero como esto va de sacarle siempre algo bueno a las películas, diré que fue interesante estar 110 minutos pensando: “anda, el de la nueva de Karate Kid”, “mira, el hijo de Philip Seymour Hoffman”, “uy, el chavalín de JoJo Rabbit” y “Goddam it! Mark fuccking Hamill!”.








No Comment