Subsuelo es una película incómoda como llevar los calcetines mojados o como mirarse demasiado rato al espejo. La turbiedad de sus planos alargados y esa fotografía donde la luz parece esconder cerrazón (muy bien, otra vez, ese especialista en iluminar familias, parejas e individuos intrigantes que es Santiago Racaj), no dejan que el espectador se relaje en ningún momento. Puede que una simple partida de sobremesa, un diálogo sobre sapos, pedirle a alguien el azúcar o el agua calmada de una piscina escondan más contenido que el feed inane de un futbolista.

Fernando Franco, entre heridas, muertes y primaveras, se deja pasar esta vez por la culpa para llevarla al exceso sin desproporciones, al thriller sobrio y, como siempre ha hecho en su filmografía, al dolor interno más agudo. Un plano secuencia, de los que hacen afición, abre el relato para dejar el detonante roto en mil pedazos. Fragmentos de celos, inmoralidad, abusos, mentiras, toxicidad y emociones frías que en ningún momento parecen que vayan a arreglarse.
La necesidad constante de saber más, gracias al estupendo guion de Franco y Arostegui, atrapa desde el primer instante al igual que un elenco que lo da todo. No hace falta saber mucho más para acceder al Subsuelo. Otra admirable película que demuestra que, este año, el cine español puede sacar músculo de nuevo.








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