A principios de los años noventa, tras la guerra del Golfo, Irak quedó sumido en una profunda crisis de desabastecimiento debido a las sanciones y embargos comerciales impuestos por las Naciones Unidas. Mientras la población sobrevivía entre la escasez y el racionamiento, Sadam Hussein instauró la tradición de celebrar su cumpleaños, exigiendo al pueblo un derroche que no podía permitirse. En ese contexto, caracterizado por el culto extremo a la personalidad del dictador y el adoctrinamiento escolar, es donde el director Hasan Hadi sitúa un relato de ficción, basado en experiencias de su infancia. Pocos días antes del aniversario de Sadam, Lamia, una niña de nueve años, es elegida para elaborar una tarta con la que su clase celebrará el cumpleaños. No cumplir con el encargo supondría un castigo ejemplar.

La tarta del presidente se construye como una película-cuento que bien podría reflejarse en el imaginario clásico de gran parte de la filmografía de Disney: una niña debe luchar con todas sus fuerzas para alcanzar un propósito que la supera. En su viaje no estará sola; la acompañan su amigo Saeed, un ladronzuelo vivaracho y sonriente, y Hindi, un gallo fiel convertido en compañero de aventuras.

Pero esa es solo una ilusión estructural que enmarca a los personajes y a ciertas escenas de acción, como las persecuciones por las calles o las carreras por los tejados de Bagdad. El universo edulcorado de Disney se termina ahí, pues las moralejas reconfortantes se sustituyen por denuncia política ante la paradoja de que un régimen demande tartas. Y las aventuras no persiguen encontrar tesoros, ciudades perdidas o santos griales, sino algo mucho más complicado: harina, azúcar y unos pocos huevos.

Entre un De Sica de decorados reales y un chupito cada vez que alguien nombre a Kiarostami, La tarta del presidente es una reconfortante y poco arriesgada obra entre marismas mesopotámicas, callejuelas y escuelas tiránicas que utiliza la mirada de una niña para conseguir un mayor impacto y un resultado más amable, más humano, menos raro. Una metáfora sobre el sometimiento colectivo y el absurdo del poder representada en una bonita fábula; aunque al final todo vuelve a tambalearse. No es Disney esto, no.

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