“Dejé de creer en Papá Noel cuando tenía seis años. Mamá me llevó a verle a unos grandes almacenes y me pidió un autógrafo”.

 

Shirley Temple se enfrentó a una de las verdades más duras de la infancia de una forma mucho más explícita y definitiva que el niño de Lapönia. Una revelación que, de tan directa, sin filtro ni pedagogía, no deja altercado ni debate —solo consuelo— para los mayores de la casa.

Al contrario, en la austera película de David Serrano, el hijo de una pareja se entera de tal acontecimiento vital a través de su prima. Un detonante que inicia, como en Un dios salvaje, una discusión entre padres sobre educación, valores personales, agravios enquistados y diferencias culturales, pues uno de los debatientes es finlandés.

El resultado es una ficción sobre la mentira —o una mentira sobre la ficción— totalmente inocua, aunque fácil de digerir y con ciertas capas de razonamiento. Un texto puesto en imágenes en el que su origen escénico campa a sus anchas por nuestra retina. El monólogo final de Ángela Cervantes es, en su planteamiento formal y declamativo, tan teatral que ruboriza.

 

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