Alauda Ruiz de Azúa se ha convertido en cuatro años, a película (o serie) por año, en una directora mayúscula. La manera de acercarse a públicos amplios mediante la música, desde Quevedo y Bizarrap hasta Nick Cave o Hertzainak suenan en sus pasajes, o la tan complicada capacidad de hacer cine sin juzgar, con conflictos desapasionados y tan lógicos que intimidan, se han hecho obra mayor en Los domingos.

Ainara, una brillante estudiante en edad de decidir qué carrera quiere cursar, sorprende en casa con la intención de no seguir estudiando y entrar en un convento de clausura. Una noticia que explota como una bomba en su núcleo familiar y que afecta de modo diferente a cada miembro. La educación privada y religiosa de Ainara ha debido ayudar bastante a su impactante vocación, por supuesto, pero, aún así, su tía (atea por la gracia de dios, ya que la misma formación la debió inclinar hacia el lado impío de la vida) no entiende su interés. Los 17 son años de descubrimiento, de enamoramiento, de emborracharse y de mirar el móvil hasta que se seque el cerebro.
En el lado contrario de la bronca está el padre de Ainara, pasivo más que comprensivo, que apoya la providencia por ensimismamiento y por, quién sabe, quitarse un problema del medio. Tiene un negocio que no acaba de arrancar y deudas que no acaban de frenar.

Y orbitando entre esos tres ejes, encontramos a unos cuantos interlocutores, nada gratuitos, que ayudan a que Los domingos sea una película imponente. La madre superiora, la abuela o el novio de la tía son los mejores ejemplos. Importante decisión la de presentar a la protagonista como huérfana de madre para, así, forzar el relato hacia un mayor acercamiento del espectador a la disyuntiva. Parecen seres extraños los que juzgan la necesidad de Ainara de encerrarse entre los muros y, como ellos, también los que miramos desde el otro lado de la pantalla. Quizá ninguno pensemos en lo que ella realmente desea.
Es impresionante como Alauda, directora y guionista, comprende a todos los personajes y el debate ya se lo deja al espectador. Preguntas, más que respuestas, una realización elegante y elevada y Into my arms cantado por un coro de adolescentes en la soundtrack. Palabras mayores, Los domingos.





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