Es como si La sustancia la hubieran codirigido Terry Gilliam, Takashi Miike y Sofia Coppola (más la Sofia Coppola de El seductor que la de María Antonieta). Nada, que quería afiliarme a esas crónicas que utilizan el namedropping y la comparación constante en su seno. Y me parecía una buena forma de comenzar. Lo siento.

Estos últimos años, el body horror dirigido por mujeres, con denuncia adjunta y actrices principales potentísimas, está reforzando y dándole un nuevo enfoque al cine de género. El caso de La hermanastra fea, reciente ganadora del festival de Sitges, es un contundente y brutal ejemplo de ello. Una fábula hiperbólica, tan agraciada como repulsiva, basada en La Cenicienta, aunque con el punto de vista y el total protagonismo ubicado en una de las hermanastras.
Es insólito el dominio formal de la directora Emilie Blichfeldt, pues se trata de su primera película. Blichfeldt encuentra verdades feas en un bonito cuento de hadas y, aunque con escasa sutileza en el mensaje, habla de ambiciones físicas y de aspirar a príncipes azules que degeneran al gris. Las secuencias de los tratamientos estéticos, convertidos en torturas, y las de las consecuencias de utilizar recursos extremos para adelgazar o calzarse unos zapatos no son aptas para todo el mundo. Aun así, es La hermanastra fea un mejor cuento para contar a las niñas y a los niños en la cama. Quizá no duerman esa noche, pero no se sobreexcitarán con un futuro idílico y patriarcal donde los patrones establecidos de belleza marcan la agenda.








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