Érase una vez que sales del cine y sientes que algo te falta. Notas El buscavidas entre humo de segunda mano y mesas de ping pong, las texturas incómodas de Toro Salvaje, el héroe odioso y la agilidad formal de El lobo de Wall Street, la necesidad de evasión constante de After Hours y, sí, aunque se niegue, la sombra de Forrest Gump navega también por el ambiente.
Por eso, al final, sientes que Marty Supreme ha sido creada para lanzarse al abismo de la intensidad, la antipatía, la suciedad y el nervio utilizando un cuerpo y un concepto atravesados por décadas de cine estadounidense. Es tan constante y efectivo ese ritmo implacable y esa narración acelerada que durante el visionado no puedes pensar en nada más: en si están bien tratados los personajes femeninos, en si el cierre es demasiado complaciente (y fuera del discurso tonal de la obra) o en si al final todo ha sido un artefacto de ritmo y músculo que no buscaba recado alguno.

Hay que reconocer que Joshua Safdie es un grosero (en el buen sentido de la palabra) en cuanto a plantear estructuras narrativas y lanzarlas a la cara. Porque si buscamos entretenimiento de altos quilates, Marty Supreme lo ofrece con creces y sin dejar un hueco abierto para coger aire. Es la historia de un jugador profesional de ping pong estadounidense, a principios de los años 50, que necesita dinero para viajar a Japón a tomarse la revancha de su última derrota. Una idea argumental que ocupa dos horas de metraje, que seguimos con (mucho) interés y cuya energía nos somete, pero a la que le falta algo para ser verdaderamente perdurable. No sé. Quizá Scorsese tenga la respuesta.



