Sorry, Baby es una película que se sabe. Un debut construido desde la sólida base de un reconocible estilo narrativo y de composición de diálogos. Un cine de raíz mumblecore y de tonalidad y sonoridad indie, que, además, como en otras obras del cine reciente, asienta la violencia sexual como eje vertebrador de su discurso. Esa consciencia de su propio lenguaje —que la directora, Eva Victor, exhibe con claridad— no la encorseta, sino que la utiliza para desviarse de ciertas normas.
La película cuenta la historia de Agnes, una profesora universitaria que imparte clases en la institución donde, durante su etapa como estudiante, fue violada por un profesor. La realizadora no muestra la incomodidad del suceso; ni siquiera inicia el relato en la época en la que todo ocurrió. Decisiones interesantes que se unen a la inteligente maniobra de que, tras la agresión, el profesor desaparezca por completo y toda la atención se centre en Agnes y en su forma de afrontarla. Y la afronta como la propia película: sin dramas excesivos, con toques de comedia y apoyándose en una maravillosa amistad, en un vecino complaciente y en un desconocido que la invita a un sándwich (fantástica aparición de John Carroll Lynch).
Veremos cómo continúa esta artista total: directora, guionista y protagonista de Sorry, Baby. Pues, aunque tiene momentos que no terminan de encajar, se compensan con una tranquilidad, un naturalismo y un humanismo no tan fáciles de ver en el cine reciente. Como dice Lucrecia Martel: “La ópera prima no es un comienzo, es una declaración”.



