Cine al servicio de la vida, la que pudo ser o la que, en definitiva, fue. Porque hablamos de resucitar a los muertos y darles existencia en nuestra mente. “La memoria es ese diario que todos llevamos dentro”, decía Oscar Wilde, y en Romería la sentencia se hace literal y figurada, se convierte en magia y naturalismo y, ante todo, se hace gran cine.
Con ficción y contexto, de nuevo, la cineasta irrumpe en su pasado para preguntarse, y preguntar, qué fue de sus padres. Aquellos que vivieron a tope y murieron antes de tiempo. Para ello, se vale de un diario al que le da forma de ida y vuelta. Esta vez, Marina es su encarnación y viaja a Vigo para juntarse con la familia de sus padres, unos desconocidos llenos de silencios y artificios, personas que rodean el conflicto para no revivirlo. Y, poco a poco, entre descubrimientos y encubrimientos, Marina irá componiendo en imágenes el cuaderno personal de su madre. De sus padres.

Es Romería profunda y contundente. Con enorme planificación y control del espectador (sensacional secuencia la del aguinaldo del abuelo), nos ofrece dos visiones de una misma película, rematada en una última media hora inmensa. Y, si a todo eso, le añadimos un elenco fantástico y creíble, un poco del Desprecio de Godard y una fotografía tan acertada que ningún otro acabado hubiera podido mejorarlo (un homenaje ya a la inhumana Helène Louvart), el resultado es una de las mejores películas de este año.
PS: en Galicia hay encantamientos, sobredosis de sensaciones, gatos salidos de un libro japonés y el agua está muy fría. Véanla. En el cine. Que ahí siempre hace buen tiempo.








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