A falta —nada más y nada menos— de ver la interpretación de Jessie Buckley en Hamnet (la semana que viene nos visita), se me antoja complicado que el admirable control de Rose Byrne en Si pudiera, te daría una patada no obtenga un galardón de los gordos. Una cámara tan nerviosa y, ante todo, cercana, no deja alternativas al artificio ni a la sobreactuación; algo que sí pudo verse con Jennifer Lawrence en Die My Love. Estamos, en este caso, frente a una actuación sostenida en primeros planos, sin el apoyo de la réplica ni el contraplano, debido al fuera de campo en el que permanecen la mayoría de los personajes, que se apoya perfectamente en una dirección inmersiva.

Es de esas películas cuyos diálogos, planificación formal, interpretaciones y sonido —gran sonido— trabajan en equipo para construir un tono unificado y un destino fijado: la incomodidad, el sufrimiento, la ansiedad y la empatía.

La protagonista total de la función es una madre desbordada por una hija enferma que, quién sabe, quizá nunca quiso tener. Una situación demoledora a la que, además, se acogen un marido ausente de los que siempre responden con un “yo más”; un trabajo como terapeuta, escuchando a todos mientras nadie la escucha a ella, y, para colmo, la obligación de dormir en un motel debido a un enorme agujero que se abre en el techo de su casa.

Si pudiera, te daría una patada es el relato del hartazgo ante la pérdida de la identidad para cederla al entorno. La maternidad y el fenómeno de morir a una misma. Un ejercicio llevado al exceso, con metáforas umbilicales claras y un final neurálgico, que la convierte en una de las películas del año (de este que acaba de empezar).

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