Como un Berlanga que se acoge a la supuesta levedad del humor para denunciar los actos impulsados por un gobierno totalitario, Panahi ofrece, con Un simple accidente, su película más sutil y, a la vez, más explícita. La más ligera y la más profunda. Un artefacto, elaborado en la clandestinidad, que deslumbra desde la comedia con mensaje, el diálogo rabioso y la diatriba sin tapujos.

Un simple, casual e insustancial accidente, el de una familia al atropellar un perro, nos destapa a un padre de familia que, en realidad, es un inspector y guardia de prisiones del régimen iraní. (O no). En el taller al que se dirige, el dueño cree reconocer la voz y el sonido de la pierna ortopédica de su antiguo torturador. Al no poder soportarlo, decide secuestrarlo para vengarse. Unos primeros y deslumbrantes minutos iniciales que dan paso a una serie de encuentros con otros personajes, todos ellos antiguos presos políticos, para comprobar si realmente están ante la persona que les infligió aquellos martirios y, ante todo, para decidir qué deben hacer con él.
Una historia — extraída de conversaciones que el director tuvo con otros presos en sus meses en prisión— que puede parecer una simple fábula, pero que, en realidad, es un gran ejercicio humanista que nos sitúa ante la dicotomía moral de la venganza y el perdón; ante la responsabilidad de víctimas y victimarios. Y, todo ello, narrado con agilidad, contundencia, códigos del thriller, instantes absurdos y una búsqueda constante de la racionalidad y la humanidad; a pesar de que el creador de la obra también vivió la crueldad de la teocracia islámica en sus carnes. Un director libre, valiente, comprometido y gran narrador.








No Comment