Bala perdida no está ni cerca de Pi, Réquiem por un sueño, Cisne negro, El luchador o Madre. Porque Bala perdida no está ni cerca de esa disposición autoral que otorga un apellido como Aronofsky. Sí que encontramos, disimulados por su metraje, ciertos latiguillos formales del cineasta, pero esos macros extremos y ese montaje alterado y de convulsiones no está por ninguna parte.
Saldado este primer párrafo de advertencia, aclarar que Bala perdida es una película disfrutable como un plato de patatas fritas; ni Nouvelle Cuisine ni siquiera las bravas de la casa reinterpretadas con mayonesa de Kimchi. Un inocuo thriller con toques de comedia que no disimula su acercamiento a Guy Ritchie, con violencia desmedida, mafias rusas y judíos ortodoxos incluidos, ni su pequeño homenaje al After Hours, de Scorsese, pues a Griffin Dunne lo podemos encontrar con un tan pequeño como contundente cameo.

El protagonista de la película no tiene, como los personajes que suele dibujar Aronofsky, arranques de autodestrucción. De eso ya se encarga, sin pretenderlo, su vecino punki al pedirle que le cuide a su gato durante unos días. Un detonante que atrae a una banda de gánsteres inclusivos a la que se puede afiliar cualquier persona sin importar su sexo, nacionalidad, raza, religión o saber cantar (¿Hola? ¿Bud Bunny?).
A positivar, y bastante, a todo su acreditado elenco y a los IDLES salpicando de música agresiva y enérgica algunas secuencias y unos créditos finales para no perderse.








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