Se llama Weapons y es estadounidense. Las dobles lecturas, los subtextos y las metáforas que se pueden escudriñar en su argumento no me interesan. A mí, con la triquiñuela del título ya me ha convencido. No creo que sea esta una película de metas, sino de caminos. De acompañamiento. De no buscarle razones ni juicios, porque ahí entraría la línea editorial del producto y el debate la convertiría en un ‘conmigo o contra mí’. A Cregger se le advierte una gran seguridad formal y narrativa. Sabe lo que quiere hacer y cómo hacerlo y, está claro, pues también lo demostró con Barbarian, que sabe cómo empezar una historia. Del llegar a una casa de Airbnb a altas horas de la madrugada y darte cuenta de que ha sido doblemente reservada a que desaparezcan misteriosamente todos los alumnos de una misma clase, menos uno, el salto argumentístico es, cuando menos, importante y, por lo tanto, las vías que lleven a la resolución del conflicto también deben serlo.

Y las vías tienen nombre de persona. Porque son los personajes de Weapons los que montan el artilugio con seis episodios a los que dan su nombre. Nada original, pero siempre efectivo. El espectador debe ir sintiéndose inteligente conforme ata cabos y si, al mismo tiempo, se lo pasa bien, pues ya ha echado la tarde. Y de eso se trata. De que uno de los hypes veraniegos, que viene a unirse a la retahíla de películas que gentrifican el terror, por lo menos, se goce. Y Weapons lo consigue. No sé si hay recado al fondo. Sé que es una película de miedo con jump scares, risas, gente pintada como un payaso, el hermano mayor de Los Goonies, peladores de patatas y un policía con bigote. Me vale.



