Como se reseña en la novela que adapta, la de Grainier es una vida larga, pobre y modesta, y él, un hombre corriente que transita por una época extraordinaria sin apenas lograr otra cosa que un pequeño trozo de tierra, dos caballos y una carreta. Y, a falta de leerla, en la pantalla bien se refleja lo citado. Sueños de trenes es la versión antitética de Forrest Gump; pues no siempre el buen corazón da millones y gana campeonatos de ping pong. Más bien lo contrario. La bondad te esconde en el bosque, como un Thoreau involuntario, sin posibilidad alguna de convertirte en leyenda y donde la epicidad consiste simplemente en estar vivo, en aguantar las catástrofes, tanto naturales como personales, y en dejar que los cambios del mundo te afecten lo mínimo posible.

Sueños de trenes es una película dolorosa, reposada, lírica y ecológica. Más cercana a Kelly Reichardt que a Malick; pues es una miniatura reflexiva y un sleeper sin apellido que necesita altavoz. Y más. Es un relato con un actor contenido y siempre efectivo, como es Joel Edgerton, una emotiva fotografía (viñeteada y autoral) y una música que une a The National con Nick Cave. Qué podía salir mal.
Contemplen Sueños de trenes. Recréense en imágenes recreadas (que no todo lo audiovisual tiene que durar 60 segundos). Y descubran la historia de Robert Grainier: un hombre que pasó por la vida sin hacer ruido, sin hablar por teléfono y sin pegar un solo tiro, pero cuya existencia no tuvo nada de ordinaria. Más bien lo contrario. Pues, como dice un personaje de la película: “el mundo necesita tanto a un ermitaño como a un predicador”.








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