Siempre es conveniente, y más si se engulle cine, entregarse a propuestas menos cómodas y complacientes; películas que parecen improvisadas desde su secuencia climática y que, seguro, están planificadas de manera exagerada. Blue Sun Palace habla del duelo sin hablar del duelo; pone en pantalla lo que parece amor, pero es simple desahogo sin romanticismos vacuos, y, a pesar de que el título de la obra es también el nombre de un salón de masajes y de un restaurante, nos presenta la migración china sin ningún cliché de esos que demandan comprensión al que mira. Puede parecer que, al ser esta una ópera prima, el ritmo lento y los planos alargados sean parte de una intención autoral. Quizá sí. Sin embargo, el resultado es satisfactorio y, al finalizar la exhibición, deja claro que ha sido una práctica pertinente.

No hay mucho que contar sobre el lanzamiento en sociedad de Constance Tsang, pues se trata de una película de acompañamiento en torno a la supervivencia, la complicidad y los duros golpes en un entorno hostil y oscuro. Un trío protagonista de complejidades y aceptaciones distintas, pero comprensibles por lo bien dibujado de sus personalidades, son a quienes debemos de acompañar. Los escenarios son antiestéticos, como una escalera repleta de envases desechados, un callejón convertido en cenicero o el saturado almacén de un restaurante, porque Nueva York no solo tiene rascacielos con personas trajeadas o parques con gente que lleva su vida dentro de un carrito de supermercado. También hay chaflanes y recovecos: reductos de guetos de marginación poco ruidosa. Y a esos silenciados ambientes accedemos desde que, a los casi cuarenta minutos del filme y tras una presentación sensacional de personajes, el título de la película nos aclara el porqué del ‘blue’ en su interior.








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