Me gusta la parte de atrás del cine. El callejón repleto de cajas de cartón detrás del restaurante chino. Ese espacio oscuro y grasiento donde un hombre taciturno sale a fumarse un cigarrillo. Me gustan las pausas excesivas entre frases. Me gusta el primer beso apasionado de la historia del cine afgano.
Me gustan los pequeños festivales de cine donde las películas, como dijo Banksy (o Finley Peter Dunne o Frank Lloyd Wright o aquella guía de aquel museo), forman parte de ese arte que debe consolar al perturbado y perturbar al cómodo. Me gustan los certámenes de baja intensidad con películas de títulos tan largos que te arreglan el número de palabras de una crónica, como I heard that they are not going to see each other anymore o When we saw each other more often. No me gusta la gente que entra tarde a las salas ni aquellas personas que, durante la proyección, abren muy despacio el caramelo y muy deprisa el abanico.

«I Heard That They Are Not Going to See Each Other Anymore» de Ka Ki Wong
Empiezo este inventario de la 41.ª edición de Cinema Jove por esas dos películas de títulos-sinopsis; paradójicamente, las de menor duración de toda la sección oficial, tanto en su metraje como en su poso. La primera fue una película hongkonesa que no partió de un guion, sino de una intención. Una experimentación, estética y práctica, que habla del amor. Por una ciudad. Por una persona. Por una flor. Un ejercicio con tanto metacine que acaba contándonos los entresijos demasiadas veces y cuya cámara acaba interpretándose a sí misma. Aunque I heard that they are not going to see each other anymore no es memorable, la escena de la protagonista pidiéndole al cámara que se aparte, que quiere bajar del autobús, sí lo es.
La de When we saw each other more often era una cinta, dirigida por un lozano alemán, en súper 16 milímetros, sobre jóvenes solitarios y desubicados que ya no tienen ganas de vivir y pasan el tiempo en los bares. Personas de barra que leen libros, miran al infinito y despegan las etiquetas de los tercios de cerveza. No sale ningún móvil y los tapones de las botellas de agua salen enteros. ¿Estamos en 1995? Pues no.

«Chronovisor» de Kevin Walker y Jack Auen
Chronovisor, la primera película que vi en este festival, sí me pareció sustancial; incluso muy novedosa. Béatrice Courte es una investigadora francesa, afincada en Nueva York, que comienza a indagar en la historia del “cronovisor”, un dispositivo construido por un sacerdote benedictino, musicólogo, monje y exorcista italiano capaz de captar imágenes y sonidos del pasado. Por ejemplo, la crucifixión de Cristo. ¿Qué de qué? Buscad en la Wikipedia, buscad.
Lo más interesante del trabajo de los estadounidenses Kevin Walker y Jack Auen es la forma de enfrentarse a la investigación. Los expertos dicen que una pesquisa consiste en un 95 % de trabajo de biblioteca y un 5 % de trabajo de campo (los expertos… o yo, porque no lo he contrastado). Aquí la proporción es casi literal. Una película entre libros, cintas VHS, revistas antiguas, llamadas de teléfono y la escasa luz de un flexo que no se hace nunca aburrida. Una fascinante propuesta para un sábado por la noche que me ahorró tres o cuatro cervezas.
La rumana On our own, de Tudor Cristian Jurgiu, sucedía en algún lugar indefinido de Rumanía. En una ciudad donde los adultos son, como los héroes de las películas, personajes de ciencia ficción que solo se ven a través de las pantallas. Un filme que se ve bien y que recuerda, a ratos, al cine de Koreeda: la familia elegida, por encima de la que te toca.
También sobre padres que buscan el sustento lejos de sus hijos iba Whisper in may. Un documental sobre la China rural y el viaje por las montañas de cuatro niñas que recuerda, en nada, a Cuenta conmigo. Lo siento. No entré lo más mínimo en este ejercicio etnográfico que, a pesar de su hora y media, se me hizo tan largo como sonreír para una foto.

«Filipiñana» de Rafael Manuel
Aún con la pantalla en negro, se escuchan unos gritos. Entra la primera imagen de la película. Un microbús de los que recogen turistas ha estado a punto de atropellar a un niño en las ajetreadas calles de Manila. Seguimos escuchando el bullicio de la capital filipina hasta llegar a una cola de decenas de personas que esperan para recoger agua y bloquean el paso al vehículo. Por corte, el ruido deja paso a un sosiego que ya no perderemos. Estamos en un campo de golf. El único sonido que se escucha es el de los pájaros y la cadencia de los aspersores de riego.
Se trata de Filipiñana. Según su director, Rafael Manuel, el deporte elitista del golf se utiliza como la metáfora perfecta de su propio país: «Una parcela de tierra muy grande y fértil que es trabajada y labrada por muchísima gente, pero que, en última instancia, es disfrutada y aprovechada por solo unos pocos privilegiados».
Una sorprendente película, de gran composición en los encuadres y un mensaje claro y retador, producida ejecutivamente por Jia Zhangke. Algo habrá visto el enorme cineasta chino en este director. Habrá que seguirle la pista.

«Zejtune» de Alex Camilleri
Zejtune era una de las películas a las que más ganas le tenía. Vi hace unos años en La Mostra de València la cautivadora ópera prima de Alex Camilleri, Luzzu, y quería comprobar si mantenía el nivel con su segunda propuesta. Y sí.
Lo que en aquella era un oficio y unas barcas autóctonas que se perdían son, en esta ocasión, el folclore y el arraigo a la tierra. Un folclore y un arraigo que también se pierden. La culpa es de la crisis, del turismo monstruoso, de convertir las ciudades en franquicias y de cambiar las raíces por alas.
Al final ha resultado ser la película que más me ha gustado del festival y en la que he descubierto el Għana, la música folclórica tradicional de Malta. A Camilleri hay que ponerle un premio en Valencia y un monumento en su país.
The Patron (interesante traducción de Mecenaten) fue la película sueca que inauguró Cinema Jove. Quizá por ser la única que utilizaba todo el ancho de la pantalla y, de esa forma, se aprovechaba el Teatro Principal de Valencia en toda su amplitud. Una obra muy de festival, muy de autor, muy de humor seco, muy de casas grandes con grandes ventanales, muy incómoda y muy… pues eso, sueca. Cine nórdico donde dos jóvenes (uno rubio y otro moreno) no van a una casa de ricos a pedir huevos, sino que son engañados por la chica que la limpia y atraídos por el arte contemporáneo. No llega a comedia, ni a sátira, ni a thriller erótico. No sé a qué llega. Eso sí. Puede que estemos ante la mención del jurado a la mejor interpretación para Carla Sehn. O puede que no.

«No Good Men» de Shahrbanoo Sadat,
Lo que es seguro es que el premio del público es para No Good Men. La película más accesible y comercial, por cierto, del certamen. Cine necesario y urgente que habla de la superioridad de género y del machismo de una sociedad tan patriarcal como la de Afganistán. Una obra increíble en la que aparecen consoladores, mujeres criticando a hombres y el primer beso apasionado de la historia del cine afgano. La parte de atrás del cine.



