Coincidiendo deliberada y brillantemente con la visita del Papa León XIV a España, Fernando Franco ha estrenado su último trabajo, La luz. Una película que denuncia los abusos en la Iglesia y que, a su vez, se apunta a otra conmemoración devota: la Fiesta del Cine.
La nueva e inteligente propuesta del director de Subsuelo es una fría, calmosa y rígida ceremonia fílmica que apuesta por la incomodidad de las secuencias, tanto en lo que se refiere a ciertas decisiones argumentales como a la forma de situarnos ante los hechos que relata. A ratos puede parecer que humaniza al monstruo y, en otros instantes, que intenta comprenderlo; y es que lo acertado del posicionamiento es que busca siempre el punto de vista del agresor: una perspectiva en la que el protagonista y sus contradicciones constantes obligan al espectador a habitar una mirada incómoda.
“Pecado no, delito”, sentencia un abogado tras el gran giro de la historia. En esa frase se condensa buena parte del sentido de una película que desplaza el foco de la culpa moral hacia la responsabilidad penal, desmontando esa tradición de silencios, eufemismos y encubrimientos de la estructura eclesiástica. Y, sin embargo, la mayoría de las veces ninguna de las dos justicias, ni la divina ni la humana, parece hacer nada.
La luz es un relato que acusa sin evidenciar ni subrayar, con unos cuantos momentos impactantes (la búsqueda del “perdón” del sacerdote ante sus víctimas) y que, como en la anterior propuesta de su director, sitúa la culpa en primer plano, en el detalle y en el paisaje.
Podéis ir en paz. O no.



