Hacer un remake con la intención de despertar la morriña del casi cincuentón es una oferta nada censurable, aunque un poco perezosa a la hora de lanzarse a su visionado. Pero no pasa nada, está en Disney, no hay que desplazarse ni oír a nadie comer palomitas a dos carrillos.
Soy una persona de cierta edad (un eufemismo tan absurdo como ‘cara de circunstancias’ o ‘aguas mayores), que tuve la suerte de ver, en 1992, La mano que mece la cuna. Una película generacional que aparece, de vez en cuando, en conversaciones de cerveza sin alcohol junto a El castañazo, Yo soy la justicia II o El cuchitril de Joe; y que, como estas, nos gustó debido a la novedad, la poca alfabetización audiovisual que poseíamos y el no existir comparaciones. La revisión de aquellas es contraproducente e innecesaria. Pero, en la televisión solo hablan de Santos Cerdán, de que mañana se desploman las temperaturas y de que uno de cada cuatro jóvenes votaría a Franco. Así que, no sé… veamos la nueva versión del thriller noventero de Curtis Hanson.

El concepto es el mismo que el de la de hace 33 años: ten cuidado de a quién metes en casa. Solo que esta vez, para actualizar la demanda, no hay tanto caucásico en la trama, los problemas de salud mental se capturan con fuerza verbalizada y poca sutileza, la comida es sin azúcar ni aceite de palma, la sexualidad es más variada, el problema de la vivienda se trata en las conversaciones y la fotografía es más oscura. Además de eso, a la mala de la película se le ve la sicopatía desde su primera aparición —nada de la cara angelical de Rebecca de Mornay —, las escenas violentas son mucho más explícitas y los paralelismos entre las dos mujeres, reforzados simbólicamente en los reflejos de una casa repleta de cristales, son constantes y demasiado evidentes.
En definitiva, una adaptación innecesaria, encajonada en su ckecklist de actualidad, que no creo que nadie recuerde en tres décadas. Ni en tres meses. Aun así, hay que positivar algo: durante quince segundos, se puede oír el Push the Sky Away, de Nick Cave, como música extradiegética.








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