“Today I walked down the street I used to wander
Yeah, scratched my head and I lit my cigarette
There was all these things that I don’t think I remember
Hey, how lucky can one man get?”

John Prine

Rebuilding es una de esas películas que pasan desapercibidas y que tratan sobre gente que pasa desapercibida. Personas que no hacen ruido para no despertar a los niños y que miran al horizonte sin buscar ninguna metáfora; simplemente les gusta contemplar el paisaje.

Ha pasado tan desapercibida que no se han molestado en traducir el título al español; ni siquiera en buscarle una mala versión: Sueños en Colorado, Raíces calientes, Futuro entre cenizas o alguna mierda de esas.

La segunda película de Max Walker-Silverman empieza con árboles quemados, tierra quemada y vidas quemadas. Sus personajes viven en una época en la que, por desgracia, el wifi es tan importante como el agua y en la que el porvenir ideal es quedarse como están. Pero en esta época el clima es caprichoso y un incendio puede mandarlo todo al garete. Por eso han tenido que abandonar sus ranchos e irse a vivir a un campamento de casas rodantes.

Rebuilding es de esas películas que pasan desapercibidas porque el personaje principal está divorciado y, sin embargo, se lleva bien con su exmujer y su nueva pareja. Es padre de una hija que no necesita lujos (solo conexión). Es un western, sin disparos, sobre un vaquero sin vacas. Un drama sin dramatismo. Una hermosa reflexión sobre los vínculos humanos, las segundas oportunidades y sobre ser padre en el desierto.

Como los versos de la canción que introduce esta crítica, Rebuilding transmite nostalgia —de no se sabe exactamente qué— y gratitud. Una película que parece pequeña, pero que en realidad es uno de los grandes descubrimientos del año. No sé. Quizá, por eso, ha pasado desapercibida.

 

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