Pensaba, mientras veía Eddington, en el reciente asesinato de Charlie Kirk. La fractura ideológica en individuos sin cara y con pensamientos volubles puede generar reacciones un tanto caprichosas, inestables y, a lo que vamos, violentas. Se está diseñando un mundo de opiniones severas e inflexibles mediante algoritmos pensados para premiar la confrontación. Se monetiza el odio, se polariza en extremo y se establece una superioridad moral con poco criterio y, lo que es peor, poca información. Y estas diatribas de ida y vuelta, Ari Aster las fija en una localidad inventada de Nuevo México que sirve de alegoría de todo un país, siempre a punto de estallar y, por extensión, de la situación mundial.
Todo empieza y termina en una ciudad en la que se está construyendo un enorme centro de datos. Espacios fríos y racionales que encierran pólvora en forma de contenido virtual e irracionalidad. Centros que distribuyen dicho contenido a usuarios de todo el mundo, asegurando que las redes sociales funcionen rápido y de manera continuada. Quieren que lo único que se cuelgue sea la gente que consume dichos datos. Gente como el mudable Sheriff Joe Cross, la inestable de su mujer o la conspiranoica de su suegra. Individuos como el alcalde, funcionario que quiere lo mejor para sus ciudadanos y para su bolsillo, o como los jóvenes que se mueven entre los antifa, el Black Lives Matter, el MAGA, la Segunda Enmienda, lo Woke, las sectas y ningún término medio.

Con todo ese aforo, en plena pandemia del Coronavirus, el director de Midsommar enfrenta a unos y a otros hasta la exageración para construir un relato mordaz, sesudo y con lecturas continuadas y cambiantes de lo expresado. Es Eddington una propuesta repleta de toxicidad, gamberrismo, incivilidad y muchísimo contenido en la que, como estamos viendo en público y crítica, posicionarse de un lado o del otro. Vamos, estamos ante una red social hecha película. Yo estoy del lado del ‘me gusta’. Un gran sí.








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